Con El Quijote del Plata el BNS demuestra que cada vez hay menos imposibles para la compañía

La nueva producción del Ballet Nacional —que cuenta con la coreografía de la talentosa Blanca Li y la impresionante escenografía de Hugo Millán— va hasta el 4 de noviembre en el Auditorio Nacional del Sodre.

Cuando Igor Yebra asumió como nuevo director artístico del Ballet Nacional del Sodre (BNS) a principios de 2018, la compañía ya tenía planificada su temporada; ya estaban decididas las piezas, los coreógrafos y las fechas. El único punto incierto era la gala del segundo semestre. Yebra -—aprovechando la segunda edición del Festival Cervantino de Montevideo— decidió tomar un riesgo y probar que la compañía está en en el punto justo como para enfrentarse a un montaje maratónico y de alta exigencia. El riesgo, entonces, se llama El Quijote del Plata, acaba de tener su premier mundial en el Auditorio Nacional del Sodre y es, sin ninguna duda, el gran tour de force del año del BNS.

El estreno sucedió, entonces, el jueves 25. La sala Adela Reta se sentía chispeante, risueña, casi como las burbujas del espumante que los artistas tomaron después de la función. No es tan habitual encontrarse con esa energía. Tal vez sea solo propiedad de los grandes acontecimientos artísticos, esos que el público espera con hambre.

El Quijote del Plata tenía —tiene— todos los ingredientes necesarios para no ser un espectáculo más. Primero, claro, está el gran nombre: Blanca Li.

Para los distraídos, Li es española, radicada en París, bailarina, coreógrafa; tan versátil que su extensísimo CV incluye la coreografía de videos de integrantes de la realeza del pop como Beyoncé, de dúos franceses multipremiados y eléctricos como Daft Punk y de talentos de otro planeta como Paul McCartney. Y eso es solo un bocado de una carrera destacada y contundente que cuenta con 17 creaciones (Elektrik, la más reciente, y Un poeta en Nueva York, una de las más imponentes).

A saber: que el BNS tenga en su repertorio una realización de Blanca Li es un lujo.

Después, la magia de Hugo Millán. En un mundo tan centrado en el poder y el valor de la juventud, el escenógrafo y vestuarista de 60 años demuestra –una vez más– que el paso del tiempo tiene un valor y que la creatividad no se agota si el talento, las ganas y el apoyo acompañan. Después de haber sido premiado por su realización de escenografía y vestuario de El Corsario en Hong Kong, Millán llega con viento en la camiseta y saca sus mejores plumas en El Quijote del Plata. Su trabajo –una sofisticada realización hecha en equipo en los talleres del Auditorio del Sodre– es soberbio. Lo acompaña a la perfección, como debe ser, el diseño de iluminación a cargo de Sebastián Marrero.

También, la historia escrita por el dramaturgo Santiago Sanguinetti (la alianza entre teatro y BNS continuará cuando en 2020 Gabriel Calderón adapte La Tregua de Mario Benedetti) que toma fragmentos de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes y los une con la historia de Arturo Xalambrí, el excéntrico bibliófilo uruguayo dueño de una colecciones gigantesca de El Quijote. Y, por supuesto, la Orquesta Sinfónica del Sodre a cargo de Diego Naser que interpreta una variedad inmensa de compositores (Claude Debussy, Maurice Ravel, Alexander Gluzanov, entre varios otros) y estilos a lo largo de la pieza.

Y por último, la compañía en pleno estado de madurez y solvencia. El Quijote del Plata expone el enorme crecimiento artístico de varios bailarines. Ciro Mansilla –que tuvo que remplazar de apuro a Ciro Tamayo en el papel de Xalambrí–, por ejemplo, es responsable de uno de las escenas mejor logradas de la pieza y se convierte en un solista en potencia. Mel Olivera brilla —como lo hace desde que llegó a la compañía— como la novia; Sergio Muzzio despliega toda su potencia en el papel de su amante; y Byul Yun se convierte en el bailarín de los giros imposibles.

Vanessa Fleita, en su rol de viuda negra con corazón rojo, es la protagonista –junto a la procesión de las mujeres de luto y un dramático vestuario de Millán– de otro de los grandes cuadros de El Quijote del Plata. Es, seguramente, el momento más Blanca Li de la pieza. María Riccetto se pone en la piel de Dulcinea y la coreógrafa la elige para el solo del final; la primera bailarina además de ser sobresaliente en piezas clásicas también tiene ángel en variaciones más contemporáneas.

Aunque las ideas y vueltas entre el universo de Don Quijote y Xalambrí generan —por momentos— cierta confusión y hay escenas como la del casamiento que son un tanto largas, El Quijote del Plata le calza muy bien a la compañía nacional. Se suele hablar de la personalidad del BNS, de esa frescura y jovialidad que sus bailarines exhiben en la escena; este ballet le permite, entonces, lucir esas características y arrancarle al —cada vez más efusivo— público uruguayo unos cuantos “Bravo” y varias risotadas.

Siempre es bueno recordar que hace poco más de ocho años una producción de estas características hubiese sido ubicada en la categoría de lo imposible. Hoy hay una compañía de ballet, una orquesta y un equipo técnico que demuestran que hay nuevos posibles y cada vez menos imposibles.

Las lesiones de los artistas también son relevantes

Ciro Tamayo vuela. No es ninguna novedad para los que lo siguen desde su desembarco en el Ballet Nacional del Sodre en 2011. Julio Bocca –exdirector artístico del BNS y quien después de verlo en una competencia en España lo contrató– siempre habló de su alma, de ese salto impresionante, de la luz que apareció cuando lo vio plantarse en el escenario por primera vez. Tamayo llegó al BNS cuando era mitad niño, mitad adulto. Tenía 18 años, venía de la escuela del Royal Ballet de Londres. Fue el primer bailarín, después de María Riccetto, al que el público aplaudió con fervor. Ahora Tamayo tiene 25. Aún conserva su aire español, el pelo desordenado, la mirada cálida y el ángel al bailar. En la imagen promocional que se replicó miles de veces de El Quijote del Plata se lo ve suspendido en el aire en las ropas de Arturo Xalambrí. Tamayo iba a bailar en todas las funciones de la nueva producción del ballet. Se cayó en un ensayo unos pocos días antes del estreno.

No pudo, entonces, ponerse la piel de Xalambrí. Una lesión para un bailarín es igual de dura y compleja que para un futbolista o para un deportista de elite. Es un golpe para la compañía, como lo es para un cuadro de fútbol que se enfrenta a un partido difícil. Fue una pena no verlo en uno de los actos más logrados de la pieza y en un papel que, todo indica, estaba hecho para él. El bailarín se encuentra en pleno proceso de recuperación, pero se pierde la gira por España y aún no se sabe si llega a El Cascanueces.

Fuente: El Observador

2018-10-30T14:19:06+00:00octubre 30, 2018|Categorías: Cultura|Etiquetas: , |