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El lado B de Pueblo Garzón

El famoso lugar elegido de Francis Mallmann florece para quienes vivieron allí toda su vida

Es un día de semana cualquiera de la temporada de verano en Pueblo Garzón. Una camioneta de lujo con chapa argentina entra a la localidad y se estaciona al costado de la plaza. Baja una familia que viene al lugar por primera vez. Al mismo tiempo, un hombre y una mujer con un niño de unos tres años pasan por el mismo sitio a caballo.

Leticia Machado, artesana y oriunda de Pueblo Garzón, salió unos minutos de su local ubicado en el club social y dejó a una vecina a cargo. Cuando vuelve se presta a conversar y contar cómo llegó a instalar su negocio tras hacer cursos en el municipio: «Vendemos tejidos, cerámica, artículos en madera, algo de ropa, pintura en tela y manualidades. Hay cosas que las hago yo, que aprendí hacerlas y las invento y después gente de acá del pueblo me trae para vender», explica.

El saloncito en la parte delantera del club está frente a la plaza del pueblo y es muy visible. Un grupo de turistas argentinos se acerca, aprovechando que es una tarde gris y está fresco para hacer playa en José Ignacio. Como muchos otros clientes, al entrar al lugar preguntan por lo que ofrece. Especialmente atraen las antigüedades, que también vende, y el aceite de oliva que se es producido por Agroland a pocos kilómetros del pueblo.

Para Leticia esta temporada no fue mala, de hecho asegura que fue mejor que la anterior: «Después que comenzó a funcionar el hotel y la bodega llegan muchos turistas, se nota el cambio. Los que tenemos comercios estamos muy contentos», afirma.

Pese a que recibe muchos turistas europeos, norteamericanos, chilenos, argentinos y brasileños el pueblo no ha perdido la calma: «Sigue siendo tranquilo, de todos modos antes era mucho más tranquilo. Ahora hay más puestos y locales», sostiene.

Silvia Nuñez, llegó a Pueblo Garzón a los seis años y hace más de 30 tiene un almacén llamado «Provisión Jonhatan», en honor a su hijo. «Es de ramos generales, como todos los de acá porque son del medio del campo. Hay que tener de todo», explica.

Lleva toda la vida dedicada a su comercio, aunque en algún momento pensó en aprovechar que el pueblo crecía para dedicarse a otro rubro, pero desisitió: «Tengo el lugar indicado y hay otras personas que conocen de otras cosas y lo están haciendo», afirma.

«Lo que más me gusta de vivir en el pueblo es la tranquilidad, porque es como estar en el campo pero a la vez estamos en un lugar que tiene todo. Aún hay seguridad, nos conocemos todos y está cerca de Maldonado y San Carlos», detalla.

Pegado al almacén Jonhatan, el hijo de Silvia tiene su negocio, Balois Lauriano. Este es el primer año que pone su propio restaurante, antes trabajó en el Hotel y Restaurante Garzón del chef argentino Francis Mallmann.

El local lleva el nombre de sus abuelos y la propiedad pertenece a sus padres, explica Jonhatan: «La casa siempre fue almacén en la esquina. A lo largo de la historia se usó con fines comerciales: hace 50 o 60 años una de las habitaciones era el consultorio del dentista; después siempre hubo algún otro comercio, cancha de bochas en la misma casa, bar, hace muchos años», cuenta.

«Disfruto mucho de la vida natural que ofrece el pueblo, uno puede usar el celular en la avenida principal y de repente pasa un arriero a caballo con 30 vacas o 50 ovejas, y la verdad es que he visto estas cosas toda la vida», asegura Jonhatan, que agrega que se siente bendecido por poder vivir situaciones que «parecen de libro».

Las mil y una ventajas de un lugar aislado

Para llegar a Garzón, es necesario recorrer 60 kilómetros desde la capital departamental, Maldonado, un trayecto que lleva alrededor de una hora: hay que tomar rutas nacionales, caminos de asfalto y arena a través del campo. El camino que une la Ruta 9 hasta el centro de Garzón está cuidado, pero eso no quiere decir que sea posible evitar precauciones para llegar al lugar: abundan las curvas, el balastro y puentes con barandas. El pueblo parece estacionado en el tiempo: los edificios son viejos, las calles de tierra y los animales caminan — o vuelan —libremente por el lugar. Los habitantes, que según datos del censo del 2011 no superan las 200 personas, coinciden en que los turistas llegan buscando tranquilidad y son bienvenidos porque la respetan o aprenden a hacerlo. «No hay una actitud hostil hacia el extraño, la gente es muy cálida», asegura Victoria Esquivel, que llega a Garzón por razones de trabajo. En otros tiempos, el centro poblado tuvo una estación de ferrocarril y un molino harinero, que ahora son solo un recuerdo para los lugareños o un punto de partida de novelas.

Extraños.
El Restaurante y Hotel Garzón despliega un lujo poco visto en el pueblo, que asoma estacionado en el tiempo. En cruz con este negocio, sobre la plaza principal se destaca otro de los emprendimientos liderados por forasteros. Campo Canteen, la sede del proyecto Campo Air que lleva adelante la estadounidense Heidi Lender, quien se radicó hace ocho años en Garzón y ofrece a los visitantes servicio de cafetería; es un restaurante más descontracturado.

La productora gastronómica Victoria Esquivel, quien trabaja con Lender desde septiembre de 2018 y ayudó a montar Canteen, asegura: «La propuesta gastronómica es una carta limitada, pero supercuidada». En la cafetería se destaca el café de autor y se sirve una variedad llamada drip coffee que consiste preparar más lentamente cada taza: «Usamos un método de filtrado y nos enfocamos en el lema que tenemos escrito en las paredes: slow coffee, slow town (café lento, pueblo lento)».

Victoria, oriunda de Montevideo se mudó hace un año a la Barra de Maldonado. «Estar acá en comparación con Montevideo es realmente tener una vida mucho más lenta. De repente estás sentada afuera y ves pasar más caballos que personas. Te baja el ritmo considerablemente», asegura.

Sobre el cambio que produce en la calidad de vida que ganó, sostiene: «Acá tenés mucho más tiempo para conectar contigo y con las personas del entorno. También con los locales y te generás espacios para descubrir el pueblo. Salir a caminar, andar en bicicleta. Te encontrás con muchos animales, muchas aves y el silencio».

Pero en Canteen también se suceden muchas actividades, hay espacio para los eventos: se pueden hacer fiestas de hasta 100 personas y muchos domingos son los anfitriones de brunchs de hasta 60 invitados.

Este viernes 25, a las 20:30 horas, llegará desde Italia el chef Giancarlo Aciavatti, el propietario de un restaurante en Amsterdam (Holanda) llamado Mondo Mediterráneo. El chef se unirá Ricky Motta, director del restaurante de la Bodega Garzón, para repasar la historia de la emigración italiana a través de la comida.

(Producción Delfina Milder)

Fuente: El País

2019-01-23T12:08:39-03:00enero 23, 2019|Categorías: Turismo|Etiquetas: |