Entrevista a Luciano Supervielle: “Me preocupa la cultura de la frivolidad”

El Integrante del colectivo Bajofondo – que en agosto actuará junto a Jorge Drexler en el marco del Día de Uruguay en la Expo Milán-, confiesa por qué se quedó a producir y componer en Uruguay, contra todos los pronósticos.

Luciano Supervielle (nacido en París en 1976) es un músico sutil que viene de una familia ilustre con raíces en El Prado. Hijo de exiliado, hincha de Wanderers, integrante del legendario Plátano Macho y del colectivo Bajofondo, hoy tiene dos hijos pequeños y vive en el uruguayísimo Complejo Habitacional Bulevar Artigas. Viaja mucho por su actividad laboral, entre cuatro y seis meses por año. Vivió en México, en España, pero Uruguay es el lugar que siente propio.

¿Qué es para vos la belleza?
—Yo creo en la belleza como filosofía de vida. Digamos, hay una manera poética de ver la vida, que tiene que ver con el arte, o mi manera de entender el arte. Hay una búsqueda siempre del lado poético de las cosas, y creo que hay algo casi mágico en la música. Hacer música es encontrar cosas, pero también estar preparado para que no te pasen desapercibidas.

Esa búsqueda se nota. También cierta melancolía. ¿De dónde viene?
—Yo compongo desde cosas pianísticas, más tranquilas, a otras más energéticas, que tienen que ver con el baile. Pero siempre hay puntos en común. Es eso de la melancolía, que tiene que ver con mi vida, con mi identidad, con esa nostalgia del lugar al que pertenezco. Cuando viajo siempre me viene ese momento de extrañar el lugar donde vivo. A su vez cuando estoy acá llega un punto en el que necesito irme también. Creo que esa cuestión de nunca estar quieto tiene que ver en lo de la nostalgia.

Yo hablé de melancolía.
—Tenés razón. Dije nostalgia pero pensaba en melancolía. Sí, tiene que ver también con el lugar en el que crecí, donde me formé. Estoy hablando de Uruguay, principalmente, que es donde me hice músico. Creo que gran parte de la música uruguaya tiene ese lado melancólico. Hay algo relacionado a lo que ya sabemos todos: el puerto, la gente que vino de afuera, la mezcla de culturas, esa pena por haber dejado el lugar de origen. En la música uruguaya hay muchas expresiones que manejan la melancolía, y esa es la música de la que me empapé, con la que crecí. No sólo el tango, ejemplo muy obvio de eso: escuchás a Cabrera, a Mateo, al Darno. Hay una cosa muy poética además.

Sí, pero también hay músicos uruguayos que no hacen música melancólica, más bien lo contrario. O sea, hay algo tuyo también.
—También. La música que hago es la que me gusta, y sobre todo la que me sale. Ahí hay muchas cosas que son conscientes, y muchas inconscientes. Entran en juego aspectos de mi historia, de mi vida personal.

También sos un creador de climas. Tus melodías, o la letra de tus pocas canciones, pueden ser simples y tremendas al mismo tiempo, provocando muchas imágenes.
—Es así como decís. Si bien toco el piano, siempre me planteé la música con el teclado como parte de un arreglo general, no como un instrumento solista. Tengo esa cabeza de arreglador, desde muy temprano. Siempre tuve eso de generar climas. Hay una cosa clave en mi formación, y es que mi primer teclado profesional, un Roland D20, tenía la posibilidad de grabar por pistas. Eso a mí me marcó muchísimo. Tenía 12 o 13 años, y ya buscaba hacer funcionar los distintos elementos que conforman la música en general: la batería, el bajo, los acordes, la melodía. Si hoy día hago una pieza para piano, igual estoy pensando, por más que haya un solo instrumento, en una cosa más global. Eso a nivel de concepto ha estado siempre muy presente. El tema de la orquestación, de la instrumentación, del arreglo, fue fundamental a la hora de encarar la música, y se percibe en mis discos. Y no recargar toda la responsabilidad en un instrumento. Personalmente no me siento un gran pianista, nunca lo fui, si bien estudié música clásica, lo que me sirve de herramienta para componer. No soy capaz por ejemplo de tocar una cosa con un mínimo de complejidad. Soy capaz de tocar la música que hago. Conozco mis limitaciones, y en base a eso construyo.

Las influencias

Lo que tú hacés es un arte relativamente abstracto: música instrumental. Trato de ver qué describe, qué informa de vos. Hay creadores en los que es mucho más lineal: un escritor, un cantante, un cineasta, mirás el conjunto de su obra y estás leyendo un discurso. Pero en tu caso no es fácil ver por dónde vas.
—Totalmente, sí. En mi música se pueden identificar mis influencias y mi formación. Una constante es que siempre trato de que mi música me represente como soy hoy. Uno nunca deja de crecer como persona y como músico. Y además tu entorno cambia. Al mismo tiempo, también hay cierta intención de hacer algo atemporal. Nunca busqué la tendencia, estar en la vanguardia. Por otro lado hay influencias muy claras: Piazzolla, Charly García, Serge Gainsbourg.

Ojo que te me vas al estilo y a las influencias, y la pregunta iba a lo referencial. Creo que el problema es que tu música es abstracta, carece de literalidad.
—Es más difícil, sí. Pero igual informa bastante sobre mí. La música instrumental es abstracta, y por eso mismo lo que comunicás se recibe de muchas maneras distintas. No se percibe de la misma manera en Uruguay que en Argentina, o en Francia. Pero creo que se pueden identificar muchas cosas de mi vida a través de mi música. Todo el mundo de la música clásica, del hip hop… son cosas que hablan de mi formación. Capaz que si lo digo se vuelven más evidentes, pero están ahí. Ahora por ejemplo estoy haciendo un disco de piano, que tiene muchísimo de música clásica, pero también referencias a la electrónica.

Pero insisto: más allá de estilos, ¿cuál es tu inquietud, tu ámbito de creación, el hilo conductor que sobrevuela tu obra?
—Yo tengo varias inquietudes. Una es siempre tratar de explorar, ir expandiendo mi espectro musical, buscar algo nuevo para decir. Volvemos a tu primer pregunta, a la búsqueda de la belleza. Estar buscándola, siendo que es una cosa que aparece. Mi proceso creativo tiene mucho de eso, de meterse con algo, abandonarlo, volver a meterse. Es un proceso de ir encontrando, de ir dándole forma a algo. Hay mucho de mágico. No hay un método para componer, compongo de muchas maneras distintas, y justamente, si hay un método es el de posicionarse de distintas maneras a la hora de crear. También se puede ser creativo en eso, en la forma de componer, de encontrar cosas. Componer remueve mucho.

¿A ti qué te remueve?
—Y… estás volcando todo de vos. Estás cien por ciento comprometido, te sacude mucho.

La necesidad de crear

¿Qué tiene que tener una situación o una imagen para que compongas algo con eso?
—Tiene que tener algo que venga de vos. Cualquier situación que vivas podés verla desde una perspectiva canalizable en lo creativo. Por ejemplo, yo estoy siempre muy atento al paisaje sonoro. Vas caminando y se cruzan distintas músicas y sonidos, algo que estás escuchando con un auto que pasa, y se crea un paisaje musical aleatorio que muchas veces te genera un estímulo. Eso podría pasar desapercibido, pero yo estoy atento, todo el tiempo estoy grabando cosas, ideas, una melodía, un ritmo. Porque “paf”, si no tenés el reflejo de atraparlas cuando las ves pasar, se escapan. Y la inspiración, al menos en mi caso, no es algo que abunde. Termino publicando una ínfima parte de las ideas que tengo y los estímulos que recibo. Tengo millones de proyectos musicales sin terminar. Solo algunos llegan a puerto final.

¿Qué instinto, necesidad o placer sublimás al componer?
—Es difícil dar una explicación concreta, no sabría cómo decirlo. Pero sí es una necesidad: necesito componer, escuchar, estar en contacto con música. Es algo abstracto que tiene que ver con mi vida, con lo que me hace feliz. Hay cosas que uno necesita cultivar para que tengan sentido, como las relaciones personales. La música tiene eso también. Yo por ejemplo no puedo escuchar música para dormir, porque me cuesta muchísimo tener una escucha superficial, pasiva. Todo el tiempo estoy como analizándola. Eso para ilustrar el lugar que ocupa en mi vida. Hay obras que trato de no escuchar mucho, o que he decidido no estudiar en el piano, para que conserven esa cosa virgen. Me ha pasado de estudiar una pieza que me encanta, y es como que cambia, sigue estando buenísima, pero la percibís de una manera distinta.

La desarmaste.
—Perdiste esa virginidad que tenía. Hay obras como la Novena Sinfonía de Beethoven que trato de no escucharlas, porque me emocionan mucho, y no quiero perder eso. Yo sé que si estudiara esa partitura, pasaje por pasaje, quizás la apreciaría distinto, me daría cuenta de un montón de cosas geniales que me llenarían de otra manera. Pero perdería también esa sensación original, de la primera vez. Cuando tenía 12 años escuché mucho tiempo un cassette que alguien se había olvidado en casa y no sabía qué era. Me encantaba, sacaba cosas al piano, y un día, mucho después, descubrí que era Thelonious Monk. Sin saberlo era fanático suyo.

No es fácil adaptarse a Uruguay, un país que puede resultar árido. Es prejuicioso, todo llega tarde, distorsionado de su intención original. ¿Cuando llegaste a querer este lugar?
—Te dije: si paso más de tres meses sin viajar necesito irme de Uruguay. Me viene cierta claustrofobia. El techo es evidente, y el viajar es parte de que me sienta bien acá. También desde el punto de vista artístico. En otro lugar mi música sería diferente. Cuando decidí volver a Uruguay, que fue cuando empezamos a laburar con Bajofondo en 2001, yo vivía en Francia y estaba construyendo algo allá. Tenía mis contactos, estaba haciendo mi música, desarrollándome. Pero decidí volver porque el proyecto me seducía. Fue una buena decisión, porque Bajofondo se transformó en una cosa importante para la cultura reciente del Río de la Plata. Si me hubiera quedado en Francia —o en España— seguramente también habría hecho discos, quizá hubiera ganado más dinero, podría incluso tener más proyección internacional. Pero no estaría tan metido en la escena musical de Montevideo. A mí me interesa estar acá. Pertenezco a esta escena, interactúo con muchos artistas, creo que tengo un rol en Uruguay. Estoy contento de haber tomado esa decisión.

Uno mira lo de Plátano Macho y percibe la bronca adolescente de estar en un lugar que no gusta. En Bajofondo hay más aceptación. Y en tu disco Rêverie está “Baldosas mojadas”, una letra de Juan Casanova que dice “ya no sé qué pasa con mis sentimientos, vivo a orillas del río donde naufragan los sueños”.
—En la época de Plátano Macho yo estaba convencido de que en algún momento me iba a volver a Francia. No solo eso; me sentía muy francés. Recién a los 19 años, cuando me mudé de nuevo a Francia, me di cuenta de que yo era más que nada uruguayo. Por una cuestión de códigos, de manera de entender la vida.

Pero en algún momento te pegó la dura realidad yorugua.
—Cuando a los 24 años volví definitivamente a Uruguay fue por una razón artística. Eso fue lo que primó. Si hubiera estado frustrado artísticamente me habría ido de nuevo. Hoy día eso cambió un poco por el tema de mis hijos, ya entran otros elementos al definir objetivos. Pero en ese momento todo giraba en torno a mi arte. Y me sentía bien, bastante pleno. No es fácil construir una banda, grabar discos, hacer giras. Aprendí lo valioso que era eso, y empecé a cuidarlo. En la época de Plátano Macho éramos muy chicos, cometimos muchos errores, no nos dimos cuenta de lo difícil que es dedicarse a la música. Después desde lo estilístico, efectivamente Bajofondo hace referencia a la identidad rioplatense. No quiere decir que para hacer música uruguaya tengas que hacer candombe, nunca estuve de acuerdo con eso. Pero para trascender, para hacerte escuchar en el mundo, es importante tener algo propio que decir. Tenés que buscar con todas tus herramientas, y una es tu identidad musical, tu recorrido, las cosas con las que creciste, las que hacen que tu música finalmente sea más personal, tenga carácter, identidad propia. Si hacés música sin identidad puede estar superbien realizada, pero no va a trascender.

Sin trauma ideológico

Sos hijo de una generación idealista, de gente que quería cambiar el mundo. Pero hoy el mundo no es el que querían. ¿Qué quedó de todo eso?
—Yo nací en Francia porque mi viejo se fue exiliado, entonces mi relación es directa con toda esa época, y me hizo lo que soy. Pero creo que cada cual tiene que hacer de lo que le toca vivir lo mejor que pueda, canalizarlo de la manera mejor. Evidentemente vivir en los 70 en Uruguay debió ser muy difícil y frustrante, y en muchos aspectos deprimente.

¿Pero en qué se transformaron esas utopías, esa mochila ideológica?
—En ese sentido mi viejo siempre fue muy respetuoso. Digamos, cuando llegamos a Uruguay yo escuchaba rap, hip hop, cosas que venían de cuando vivíamos en México, y no sé si a él, un tipo con formación universitaria, formal, le gustaba mucho, pero nunca lo rechazó. Siempre tuve con mis viejos una relación de “hacé lo que quieras, pero hacelo bien”. Tuve mucha libertad en mis opciones pero con esa exigencia, esa fue mi educación. No tengo ese trauma ideológico, siempre fui muy abierto, y nunca me creí eso de… bueno, lo ves en la música de Plátano Macho: cantábamos en inglés, y fuimos muy criticados por eso. Yo lo vivía como un hecho artístico, era la música que escuchaba en ese momento, no me planteaba si atrás estaba la política del imperio, en plan Las venas abiertas de América Latina. Cuando llegamos a Uruguay, en el 85, yo tenía sólo 8 años. Tengo una imagen de la dictadura muy lejana. Para mí es como historia, recién más de grande tuve un acercamiento, me interesé, entendí más lo que se vivió en esa época. Porque hubo también en mi generación una cuestión como de rechazo natural de cualquier adolescente a lo de sus padres.

¿Y utopías personales actuales?
—La política está en un segundo plano en mi vida. Mi idealismo tiene que ver con una cuestión cultural del lugar donde vivo, de Uruguay. Quiero contribuir, pertenecer a un lugar que sea fuerte artística y culturalmente. Me preocupa cuando veo la cultura de la frivolidad en los medios de comunicación, que le hace mucho mal a la sociedad. Legitima una manera muy negativa de relacionarse. Y me siento bien cuando ocurren cosas importantes, como todo lo que pasó estos años con el ballet del Sodre, o el proceso de profesionalización de muchas bandas. Yo intento hacer una música que sea interesante. Esa es mi función, a eso me dedico. No me considero un tipo particularmente inteligente, ni tengo opiniones que dar públicamente. Lo que tengo más interesante para decir está en mi música. Es una frase hecha pero real, y trato de suscribirme a eso.

Fuente: El País

2017-02-20T02:59:52+00:00 julio 7, 2015|Categorías: Boletin, Cultura, Home, Sociedad, Uruguayos Destacados|Etiquetas: , |