¿Es cierto que los uruguayos son «todos buenos» (y qué tienen que ver los argentinos con ese estereotipo)?

El diálogo siempre es igual:
-¿Argentina?
-No, uruguaya.
-Ah, ¡qué lindo! Yo tengo un [introduzca aquí el nombre de un vínculo cercano] uruguayo muy querido.

Desde que vivo en el exterior, he notado que, en cuanto se devela mi nacionalidad, la conversación da un vuelco afectivo.
No importa que el interlocutor sea un colega, el conductor de Uber o el ginecólogo: todos tienen un elogio hacia la intrínseca bondad y modestia de los uruguayos.

En este sentido, la fama internacional del exmandatario José «Pepe» Mujica como el «presidente más pobre del mundo» ha afianzado este estereotipo nacional e incluso lo ha extendido por fuera de las fronteras de América Latina.

«¿Qué es lo que le llama la atención al mundo? Que vivo con poca cosa, una casa simple, que ando en un autito viejo, ¿esas son las novedades?

Entonces este mundo está loco porque le sorprende lo normal», dijo a BBC Mundo en diciembre de 2014, cuando se estaban terminando sus cinco años de gobierno.

«Yo vivo como vive la mayoría de mi pueblo», agregó.

La idea de que todos los uruguayos son sencillos, honestos, serenos y, en definitiva, buenos es una generalización ingenua, pero que tiene sus raíces en elementos reales de la historia y presente sociocultural del país.

El «paisito» entre dos gigantes
Con sus 3,4 millones de habitantes, Uruguay es el segundo país más pequeño de Sudamérica después de Suriname.

No en vano sus habitantes le llaman cariñosamente «el paisito».

Sin embargo, no solo es chico en población y territorio, sino que además está rodeado de Brasil y Argentina, dos países grandes e influyentes a los que alguna vez perteneció.

«Uruguay formó parte del imperio de Portugal y luego de Brasil entre 1816 y 1828, cuando fue la provincia Cisplatina», explica a BBC Mundo el historiador uruguayo Leonardo Borges.

Pero, sobre todo, «Uruguay es una secesión de la Argentina», afirma. «Nuestro héroe patrio, José Artigas, luchaba por crear las Provincias Unidas del Río de la Plata y no por Uruguay».

Para Borges, ese es el motivo por el cual son «sin lugar a dudas, los dos países más parecidos del mundo».

La cercanía entre los rioplatenses es tan grande que solo entre nosotros logramos distinguirnos al hablar y tenemos discusiones eternas (e imposibles de saldar) sobre quién tiene el mejor mate, dulce de leche, asado… y por supuesto, dónde nació Carlos Gardel.

En palabras de Borges, «como la separación política ya fue, entonces la separación tiene que ser desde el punto de vista del cómo somos, del ser nacional».

Cuestión de egos
«Somos un mismo pueblo que no comparte nombre», dice el periodista argentino Hernán Casciari en una columna de 2005 tan elogiosa hacia los uruguayos que, cada tanto, vuelve a circular por el ego nacional.

«A lo largo de mi vida no conocí nunca, pero nunca, a un uruguayo malo, o cancherito, o pretencioso», agrega.

Incluso llega a afirmar: «En el fondo sabemos que ellos son como nosotros pero sin los defectos nuestros, porque aunque sean chiquitos son nuestros hermanos mayores, porque saben mirar a los ojos y tienen esa luz de pueblo silencioso en la mirada».

No obstante, pese a la gentileza poética de Casciari, Uruguay es el hermano menor de Argentina. Tal es así que «en su historia ha tenido sistemáticamente la necesidad de separarse de Argentina, de marcar las diferencias», algo que no sucede a la inversa, explica Borges.

La «uruguayez», en gran parte, se define en función de la argentinidad.

Y si de estereotipos se trata, los argentinos tienen fama de arrogantes.

«¿Cómo se suicida un argentino? Se sube arriba de su ego y de ahí se tira», bromeó en 2015 el papa Francisco, quien es bonaerense.

Ante esa idea del argentino «egocéntrico y gritón», el uruguayo cultivó «desesperadamente» una imagen de persona «mesurada y tranquila», dice Borges.

«Las historias nacionales son providenciales por naturaleza: intentan explicar por qué somos diferentes», explica. «En el caso de los uruguayos, al tener una percepción de pequeñez, intentamos sobresalir a través de esas características».

El alcance del estereotipo
Antonio Terracciano, investigador del Departamento de Geriatría del Colegio Universitario de Medicina del Estado de Florida (Estados Unidos), encabezó uno de los estudios más ambiciosos sobre las «personalidades» de los países.

En 2005, tras analizar los datos de cerca de 4.000 participantes de 49 culturas diferentes, llegó a la conclusión de que los estereotipos nacionales son «ampliamente compartidos en la población» y están «relacionadas con factores generales como la economía y el clima», cuenta a BBC Mundo.

Sin embargo, aclara, «no coinciden con los rasgos de personalidad surgidos de muestras poblacionales de estas naciones».

«Por ejemplo, las personas de países ricos a menudo son consideradas como más meticulosas, pero cuando comparamos las puntuaciones reales en los rasgos de personalidad, encontramos muy pocas diferencias entre países y estas pequeñas diferencias no coinciden con los estereotipos».

Lo más fácil es pensar en otro de los mayores embajadores internacionales de Uruguay de las últimas décadas: Luis Suárez, el máximo goleador de la

Celeste en la historia.
Sería difícil encontrar a alguien (afuera del «paisito») que defienda su bondad después de haberlo visto morder en tres oportunidades adentro de la cancha.

Pero, por fuera de la caricatura de villano que rodea a Suárez, es fácil tirar abajo el mito de los uruguayos buenos con datos objetivos.

Con más de 11.000 personas presas, Uruguay es el segundo país después de Brasil con la mayor tasa de población carcelaria de Sudamérica: 321 por cada 100.000 habitantes, según el World Prison Population List 2018.

Y en su historia ha habido desde un genocidio (el de los charrúas) hasta regímenes autoritarios con presos políticos, torturas y desaparecidos.

Para Borges, también «hay un racismo solapado», algo que puede atestiguar la comunidad afrouruguaya y los inmigrantes cubanos y venezolanos llegados en los últimos años, dice.

Dicho esto, Terracciano explica que «hay comportamientos y dinámicas sociales que efectivamente pueden coincidir con los estereotipos nacionales».

En este sentido, continúa, comportamientos como la «bondad» uruguaya «no solo son una expresión de personalidad o carácter (como la amabilidad o la extraversión), sino que a menudo se guían por las normas sociales locales».

«Los uruguayos pueden tener una personalidad muy similar a otras personas en América del Sur, pero las normas sociales pueden obligarles a que se comporten amablemente».

Para rastrear el origen de esas normas sociales Borges cita la autopercepción de Uruguay como la «Suiza de América».

La «Suiza de América»
Si bien la idea de la «Suiza de América» fue acuñada por un periodista estadounidense en la década de los 20, el término fue repetido hasta el cansancio primero por los gobiernos de turno y después por los propios ciudadanos, quienes lo convirtieron en parte de la identidad nacional.

El paralelismo se basa en que a principios del siglo XX Uruguay vivió una serie de reformas liberales lideradas por el presidente José Batlle y Ordóñez que marcaron la identidad nacional y que fueron de avanzada no solo para la región, sino para el mundo.

Uruguay, por ejemplo, fue el primer país de América Latina donde las mujeres pudieron votar y el primero del mundo en crear una asignación universal a la vejez.

Por ese entonces también se separó al Estado de la Iglesia Católica y se legalizó el divorcio por solo pedido de la mujer, por citar otros ejemplos.

Por eso, cuando muchos a lo largo del mundo se sorprendieron de que un pequeño país sudamericano fuera pionero en legalizar la producción, tenencia y consumo de la marihuana recreacional y medicinal justo unos meses después de haber legalizado el matrimonio gay y el aborto, en verdad lo que les faltaba era contexto.

Lo mismo sucede con la histórica y actual estabilidad democrática de Uruguay, sobre todo en relación al resto de la región.

Según el Democracy Index 2018 de la consultora The Economist Intelligence Unit, Uruguay posee la mayor democracia de América Latina y el Caribe, y está en el puesto 15° a nivel mundial.

Además, es el de mayor libertad civil de la región, compartiendo el tercer puesto a nivel mundial con Nueva Zelandia, Australia y Luxemburgo, de acuerdo con el reporte Freedom in the World 2019 de la organización internacional Freedom House.

De hecho, este 27 de octubre el país elegirá un nuevo presidente y es probable que, una vez más, la jornada se desarrolle sin sobresaltos.

«No tenemos ese sentido de política épica; solo tenemos una democracia aburrida», le dijo el historiador uruguayo Gerardo Caetano al diario estadounidenseThe New York Times en un artículo de 2016 titulado «El discreto milagro democrático de Uruguay».

Lo irónico es que Argentina también elegirá presidente ese mismo día.

¿Y si ningún candidato llega a los votos necesarios para resultar electo? Entonces, de ambos lados del río de la Plata se votará la segunda vuelta el 24 de noviembre.

Esta vez, al menos en el calendario electoral 2019, Uruguay no parecería haber sido muy exitoso en eso de desmarcarse de los hermanos argentinos.

Fuente: BBC Mundo

2019-02-14T15:43:47+00:00febrero 14, 2019|Categorías: Sociedad|