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La espeleología: una aventura hacia rincones olvidados del Uruguay

El explorador de cuevas Gaspar González compartió las vicisitudes a las que se enfrenta un espeleólogo en Uruguay y superar el miedo a la oscuridad lleva a destinos asombrosos

Por Bruno Gariazzo – Especial para Cromo.

El 18 de diciembre de 1994, Jean-Marie Chauvet, Éliette Brunel y Christian Hillaire encontraron una pequeña cavidad entre las rocas mientras recorrían las curvas del río Ardèche en Francia: detrás descansaba la cueva de Chauvet. En su película documental «La cueva de los sueños olvidados», Werner Herzog considera que observar las pinturas rupestres que descansan sobre las paredes de esta caverna es como dialogar con los orígenes del alma humana moderna. Pero este hallazgo que inmortalizó hace 35 mil años los sueños profundos de la especie humana, ¿fue un producto del azar o está ligado a las pasiones que motivaron a un trío de exploradores?

Resulta que tanto Chauvet, como Brunel y Hillaire compartían una misma afición de nombre confuso: la espeleología. Del griego spelaion, que significa ‘cueva’, esta ciencia estudia las formaciones geológicas que se generan naturalmente por debajo de la superficie terrestre. El francés Édouard Alfred Martel, considerado el padre de la espeleología moderna, publicó en 1894 su obra «Les abîmes» y fundó en 1895 la Sociedad Espeleológica de Francia, horadando así el túnel a través del cual los franceses pasaron a llevar la linterna de esta nueva ciencia.
Pero Uruguay no está ajeno. Los integrantes del Centro Espeleológico Uruguayo Mario Isola (Ceumi), Gaspar González, Pablo Piriz e Ismael Lugo sostuvieron en una charla en el Museo de Historia Natural Dr. Carlos A. Torres de la Llosa que la era de exploración de la Tierra aún no ha terminado y que es necesario “superar el miedo a la oscuridad” para adentrarse en los mundos que se esconden bajo la superficie.

Desafiando al abismo

Para los exploradores, las cuevas más prometedoras son aquellas de más difícil acceso. Las más desafiantes son aquellas que descansan en los fondos marinos, por lo que esos rincones son los menos conocidos por la humanidad. Pero son las denominadas cavernas kársticas las que constituyen la mayor línea de exploración espeleológica por su gran encanto. Estas cavidades subterráneas se caracterizan por extensas galerías ramificadas que suelen estar atravesadas por corrientes de agua. Las rocas calcáreas en estas cuevas sufren un proceso de disolución química que tiene como consecuencia el depósito de carbonatos y la generación de espeleotemas, como las conocidas estalagmitas y estalactitas.

Aunque la belleza de estos paisajes arquitectónicos naturales deja absorto a cualquier aventurero, el tránsito por los túneles que conducen a ellos no carece de dificultades. Gaspar González, primer montañista en Uruguay y hoy apasionado por la espeleología, contó a Cromo que esta actividad exploratoria no es para amantes de la adrenalina; para evitar situaciones de riesgo es necesario siempre obligarse a mantener la calma.

Uno de los principales peligros dentro de una caverna es perderse, por lo que González suele llevar en el mameluco pequeñas flechas fluorescentes para señalizar el camino, así como linternas y varias baterías. Otras de las dificultades que acechan en el abismo son la estrechez y la verticalidad de los pasadizos, por lo que hay que cuidarse de no quedar atrapado, así como el contacto permanente con el agua, que implica riesgo de hipotermia.

Esto es otra amenaza en lo profundo: varios metros bajo tierra pasa desapercibida la lluvia y las crecidas subterráneas suelen ser repentinas. Por otro lado, la actividad kárstica es peligrosa por la liberación de sustancias químicas en el aire que pueden ser tóxicas al ser inhaladas, así como las esporas de hongos o los excrementos de los murciélagos. “Pero con otros compañeros cerca, el peligro disminuye”, admitió el explorador.

Desde el corazón

Uno de los atractivos más grandes que presenta esta ciencia para González es la posibilidad de hacer amigos en el mundo. Aunque no es una ciencia académica, esta se nutre de muchas ramas del conocimiento, como la topografía, la geología, la arqueología, la antropología, la biología o la paleontología. Por ejemplo, la paleopalinología estudia en estas cavernas los cambios climáticos históricos al analizar fósiles de granos de polen y esporas. Hoy, además, los zoólogos en Uruguay estudian en cuevas el sistema inmunitario de los murciélagos vampiro, para sumar argumentos a favor de la conservación de estos roedores voladores. Al final de una expedición, la ciencia que gana protagonismo es la topografía, ya que el principal resultado de estas aventuras es un mapa que ilustra los caminos recorridos. “La espeleología te abre a ser una persona autodidacta y a escuchar a todas las personas por igual; te hace estar despierto, te hace ser preguntón, indagador e inquieto intelectualmente”, dijo González a Cromo.

Para los amantes de esta profesión, la investigación está muy ligada al contacto emocional con los espacios descubiertos. “De alguna manera vamos dejando en nuestro marco cultural el mundo emocional de lado en favor de la ciencia y de la técnica, cuando en realidad somos seres emocionales y la espeleología es una experiencia sensorial”, añadió. En la conferencia que se brindó en el Museo de Historia Natural se dedicó un espacio especial al explorador boliviano Mario Jaldín, referente e inspirador de González por su pasión por las cavernas. La nobleza y humildad con las que Jaldín comparte sus experiencias conmueve al espeleólogo uruguayo, quien se mostró deseoso de contribuir a difundir el trabajo de su par boliviano, ya que considera injusto que el esfuerzo lleno de amor de una persona se extinga en las sombras. “Los espeleólogos hacen hazañas físicas y psicológicas que impulsan el conocimiento del ser humano más allá y atraviesan barreras increíbles, pero son personas normales que se mantienen en un submundo, no suelen salir en los medios; la espeleología simbólicamente está en la oscuridad”, completó el explorador.

Esta ciencia de los viajes subterráneos implica un asiduo entrenamiento en técnicas con cuerdas que simulan situaciones de verticalidad, las cuales se pueden realizar tanto en árboles de copa grande como en puentes o en barrancos de cerros. Aunque implique un exigente trabajo físico, González insistió en que no es un deporte y enfatizó en el trabajo psicológico que representa la exploración de una caverna. “Dos de los condimentos principales de la aventura son la incertidumbre y el miedo. De hecho, la incertidumbre es lo que genera miedo. Pero tampoco se busca que desaparezcan, porque son cosas que impulsan. Aprendemos un montón de cosas para vivir el miedo y la incertidumbre sin morir en el intento. Lo incierto, aunque da miedo, es algo que impulsa, que nos lleva hacia adelante. Porque la incertidumbre está allá, allá adelante. El miedo nos hace cuidarnos un poquito más y no ser temerarios. Los temerarios hacen cosas peligrosas sin miedo. Nosotros las hacemos con miedo y con cuidado”, concluyó.

Fuente: El Observador

2019-05-23T14:23:18-03:00mayo 23, 2019|Categorías: Sociedad|