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Una colección de relatos ocurridos en torno a una pelota naranja en Uruguay

Dramas y comedias, pasado y presente, en Pequeñas grandes historias del básquetbol uruguayo, de Jorge Señorans

Por Leonel García

En 1950, Uruguay era favorito a salir campeón del mundo. Pero en básquetbol y en el Mundial, el primero de todos, que se iba a desarrollar en Argentina. Sin embargo, la Celeste decidió que no participaría cuando estaba en el puerto a punto de abordar el vapor de la carrera, luego de 42 días de tener al plantel concentrado en el Parque Central.

«El barco partía a la hora 22. El plantel fue citado en el puerto de Montevideo tres horas antes. Pero en la Federación los dirigentes resolvieron solidarizarse con los periodistas y mandaron avisar de apuro a los jugadores que no subieran al barco. Uruguay no viajó».

Así se indica en el libro Pequeñas grandes historias del básquetbol uruguayo (Ediciones B, 590 pesos), de Jorge Señorans (50), recientemente publicado. Totalmente sepultada por el recuerdo del Maracanazo futbolero, quedó esa historia de una selección de básquetbol, en ese momento la más potente de América del Sur, que decidió no ir por la prohibición del gobierno de Juan Domingo Perón de darle permisos de transmisión a Radio Sport y La Voz del Aire, dos emisoras uruguayas que eran sumamente críticas con el régimen vecino.

El libro habla de épocas de amateurismo, de dirigentes que se retaban a duelo por un pase y donde cambiar los colores era una mancha difícil de borrar. Hay historias realmente increíbles: partidos donde los técnicos ordenaban meterse dobles en contra (Enrique Perreta, de Bohemios), un crack de Aguada que se destacaba pese a que tenía un muñón en lugar de mano (Gualberto Rodríguez Toletti, campeón en 1949) y jugadores que pasaron de dar la vuelta olímpica a caer presos por pertenecer a los Tupamaros (Ricardo García).

Señorans, periodista desde 1987, hoy en El Observador, es también un prolífico autor. La génesis de este libro surgió entre la publicación de su Son cosas del fútbol (2015) y Maestro. El legado de Tabárez (2018, junto con el colega Luis Inzaurralde). Luego del primero, un libro de historias mínimas dentro de una historia mayor que es el fútbol uruguayo, un amigo le sugirió hacer algo similar con el básquetbol. «Aunque se me prendió la idea, no tenía tiempo. Después de Maestro, en una reunión con Joaquín Otero (editor responsable de Ediciones B), me sugirió el mismo tema. Y empecé a darle forma».

Son historias de básquetbol y no «la historia» de ese deporte en Uruguay. Dos motivos justificaban eso: primero, hacer un relato histórico hubiera ameritado una enciclopedia y no un libro de 368 páginas; segundo, este es un libro pensado tanto para los que aman esta disciplina como para quienes están completamente ajenos.

Y los relatos se fueron sumando a través del boca a boca. Una charla con Horacio Tato López, por caso, derivaba en dos o tres posibles anécdotas más. Un diálogo con Enrique Peretta, con el objetivo de rememorar al histórico entrenador Víctor Hugo Berardi, terminaba con la propia fuente como protagonista de otra historia insólita. Los diarios de la época recrearon paso a paso la insólita trama que dejó a Uruguay fuera del primer Mundial. En total, treinta personas fueron las entrevistadas para 32 relatos, con momentos dramáticos e hilarantes, insólitos y heroicos; tremendamente humanos.

«A mí me gustan mucho las historias de vida, las que van más allá del deporte en sí, las de personas que se reponen de las adversidades. Son cosas que no tienen nada que ver con la cancha. De hecho, ¡yo apenas uso tres o cuatro terminologías de básquetbol!».

Cierto es que el básquetbol es más el común denominador de las historias. Periplos vitales como el del estadounidense Reque Newsome, que se repuso de una doble tragedia familiar y terminó en Uruguay agradecido, casado, nacionalizado, mateando y adoptando a un chico del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU), quizá porque le recordaba a él.

Honor del barrio. «Sabés una cosa, yo venía del liceo y no pasaba por casa, iba al club. Tenía un casillero con mi ropa. Me la ponía y pedía una pelota. Te daban la peor, porque el club tenía dos pelotas, una para los partidos y otra para la práctica. Se gastaban. Y a pesar de las dificultades yo ni consideraba pedir pase. Me tentaban. Pero abandonar Stockolmo y jugar por dinero era una deshonra».

El recuerdo de Ebers Mera, medallista olímpico, campeón sudamericano y símbolo de Stockolmo, además de ser el primer jugador en el país en lanzar con una mano y saltando, es un símbolo de los tiempos heroicos del básquetbol uruguayo. Casi imposible de creer hoy.

Más allá de situaciones puntuales más o menos periódicas (el ciclismo durante la Vuelta, el rugby cuando Los Teros clasifican a los mundiales o el tenis luego de una buena fecha en la Copa Davis), hay consenso de que el básquetbol es el segundo deporte en popularidad en Uruguay. Y al revés del fútbol, donde una oligarquía en la que Peñarol y Nacional se llevan más que la parte del león en glorias, dinero e hinchas, en el mundo de la pelota naranja la pasión está más repartida y la torta mejor distribuida. El sentido de pertenencia de un club con su barrio ha ocasionado grandes arrastres populares para clubes como Aguada, Trouville, Verdirrojo, Olimpia o Atenas, que han ido más allá de sus triunfos.

«Si bien ha cambiado mucho todo lo relacionado con la seguridad, a mí siempre me gustaba mucho el entorno y la adrenalina que se generaba en un espacio tan reducido como una cancha de básquetbol. Y me atraía el sentido de pertenencia a un club que había antes. Ebers Mera, el olímpico, me decía que antes en un club jugaban los del barrio. A él, (José Pedro) Damiani lo tentó para irse a Sporting (que era del Parque Rodó), pero para él era una deshonra irse de Stockolmo (Prado). Estaba el espíritu amateur y la historia de (Eduardo) Gordon, que no lo dejaron jugar más. Es increíble que haya habido jugadores que fueron suspendidos de por vida, ¡además, siendo seleccionados! ¡Es como que ahora suspendieran para siempre a (Martín) Osimani!», cuenta el autor a galería.

El de Eduardo Gordon, un jugador de Malvín que disputó con la selección los Juegos Olímpicos de 1948 y el Sudamericano de 1949 (ganándolo), es uno de los capítulos que hoy parecen insólitos. Cuando pidió pase a Peñarol, a cambio de un trabajo y dinero, los de la playa lograron que el jugador, que tenía apenas 24 años en 1951, fuera inhabilitado de por vida. Así de duro se castigaba el profesionalismo.

Y la identificación con el barrio es la explicación a fenómenos como el de Aguada, cuya hinchada no hizo sino crecer pese a los 37 años sin títulos, o el arrastre de clubes como Unión Atlética, cuyo único campeonato se logró en 1925. La gloria no es el sustento de la pasión: Atenas no festeja desde 1969 y Olimpia desde 1972 y sin embargo tienen toda la zona atrás de ellos.

Profesionalismo y después. «Tras el saludo de rigor, Moglia le dijo a su representado: ‘Panchi, estás invitado a la pretemporada con los Houston Rockets’. Se hizo un silencio. Los dos quedaron inmóviles. Parados frente a frente. Osky, esperando el abrazo y destapar la botella para brindar. Pero Gustavo Barrera lo dejó sin palabras al responder: ‘No voy’. Osky lo miró extrañado. Levantó las cejas y preguntó: ‘¿Cómo que no vas?’. ‘No, no, yo no voy. Ya me conocen, si me quieren, que me hagan un contrato’, le dijo Panchi a su representante, que no podía creer lo que sucedía y apenas atinó a decirle: ‘Me estás jodiendo…'».

Más allá de la época romántica del básquetbol uruguayo, el libro también toca la rebeldía del Tato López, la llegada del Loco Montenegro a Goes, un argentino tan genial como díscolo, las aventuras de Esteban Batista en la NBA y la negativa del Panchi Barrera a ir a la mayor liga del planeta. Todos episodios recientes.

Por increíble que parezca, el básquetbol en Uruguay lleva apenas 40 años de ser un deporte profesional. Recién en 1979 se blanqueó una situación que en los hechos ya ocurría; era común que los jugadores fueran fichados a cambio de trabajos u otras prebendas. Antes que ello, en épocas de canchas abiertas y de piso de tosca, sin tiros de tres puntos y un inmenso espíritu amateur, la selección de Uruguay logró ocho sudamericanos, dos bronces olímpicos y participó en cinco mundiales; luego de eso, solo ganó tres títulos continentales y estuvo en dos mundiales (el último en 1986). ¿Qué le pasó al básquetbol criollo? ¿El profesionalismo le sentó mal?

«Las respuestas las deberían tener los dirigentes y los entrenadores», se excusa Señorans. «También hay un tema de población: al ser menos, vamos a tener menos posibilidades de elección de jugadores grandes. Además, hubo una apertura de los mercados y a la NBA van jugadores de Brasil, de China, muchos africanos. No sé si no nos quedamos en el tiempo. Antes vos ibas a una placita y veías aros de básquetbol. Hoy están todos destruidos».

Al autor le cuesta mucho elegir una de las historias del libro. La de Reque Newson es particularmente conmovedora, pero también el periplo de Ricardo García, que incluyó cárcel y exilio, eriza la piel. Este es el primer capítulo y no de forma casual está emparentado con el último, donde se habla del Tato López, que se hizo de un trofeo, elaborado por presos, que Carlos Haller obtuvo en la cárcel por haber sido el goleador de un torneo interno. «Es como terminar un arco». Sin embargo, si tuviera que elegir un relato, sería el de Rubén Bulla.

Bulla era más que un entrenador, era un maestro, un hombre que enseñaba pautas de vida y lo hacía de forma desinteresada. Era capaz de llevar a un juvenil dirigido a la puerta del liceo, de escribirles cartas a máquina a las jóvenes promesas, mostrándoles el camino, de enseñarles a marcar a los consagrados (como a Milton Scarón) y a los novatos a hacer el gancho para superar defensas (como a Germán Haller). «Al margen del básquetbol, está su bonhomía. Hay una frase que lo pinta de cuerpo entero: ‘Cuando enseño algo, sé que no lo pierdo’. Eso es para mí fabuloso. Habla de un tipo de una forma de ser tal que no admitía egoísmos», dice Señorans.

Como todas las pequeñas historias confluyen en una mayor, uno de los jóvenes promisorios descubiertos por Bulla -un tal Tato López- asegura que el básquetbol uruguayo le debe un homenaje a este histórico entrenador.

Fuente: Revista Galería

2019-11-22T11:06:08-03:00noviembre 22, 2019|Categorías: Deportes|Etiquetas: |