fbpx

Una travesía con altura sobre el Este de Uruguay

Pasear en globo aerostático no es solo una ficción de Julio Verne, también es una posibilidad turística en el país. Si las condiciones climáticas son apropiadas, el viaje es más seguro que un avión.

A los pasajeros no les preocupa que esta travesía sea en un aparato bastante más primitivo que un avión. Ni siquiera los sacude la idea de ser un pequeño peso transportado en un canasto a cientos de metros de altura. En todo caso los entusiasma comprobar, en carne propia, que las ficciones de Julio Verne tienen su cuota de realidad. No estarán Cinco semanas en globo sobre África, pero sí una hora y media a cientos de metros de altura, contemplando el paisaje del Este de Uruguay. Volar es posible.

Pasear en globo aerostático en Uruguay, un primitivo método en comparación con un avión, no es un cuento de niños aunque tiene esa fantasía típica de la infancia o de una película animada. Es una de las posibilidades turísticas que ofrece Colinas de Garzón de la empresa Agroland, propiedad del magnate argentino Alejandro Bulgheroni; junto a su hermano Carlos tienen una fortuna que supera los cinco mil millones de dólares según Forbes.

La aventura comienza temprano a siete kilómetros de Pueblo Garzón, ese rincón del Este de unos 600 habitantes donde residen artistas, chefs y trabajadores rurales. A las 7.45 de la mañana de un sábado soleado llega el tractor con el globo, los tanques de gas propano y cuatro empleados con guantes. El piloto Luis Camacho, con más de 1.500 horas de vuelo, dirige el minucioso armado del equipo que dura una hora. Despliega la tela, ajusta los detalles del canasto donde viajarán los pasajeros y prueba el fuego. La idea es sencilla, al menos desde los principios de fluidos de Arquímedes: el aire caliente es más liviano que el frío y, por tanto, tiende a subir. Así se impulsa el globo.

Con la ayuda de un ventilador, Camacho y los trabajadores «inflan» el globo recostado sobre el suelo. Faltan pocos minutos para el despegue cuando llegan los últimos pasajeros, un grupo de cuatro jóvenes que traen una GoPro —esas camaritas con lente gran angular que se utilizan para los deportes de aventura— sujeta a un palo para selfies. Vienen especialmente desde Montevideo.

Antes de partir, Camacho pide dejar en una camioneta las pertenencias que no vayan a necesitarse así el viaje es más cómodo. Y, sobre todo, para perder peso. Es otra regla de este método de vuelo: cuanto menos carga, menos gas se utiliza y la travesía dura más tiempo. En el canasto hay espacio para un piloto y siete pasajeros, pero esta vez son seis.

Eso sí: hay botellas de agua para hacer más placentero el viaje, una cámara de fotos para registrarlo todo y muchas bromas de por medio. Camacho, de 51 años, brinda confianza. Muestra seguridad en sus movimientos. Explica que cualquier persona puede realizar este paseo, sin importar la edad, y sólo hay que tener precaución en enfermos cardíacos o psiquiátricos. Indica que no es necesario realizar esfuerzo durante el trayecto y que lo único necesario es, al momento del aterrizaje, sujetarse de las manijas y acompañar el pequeño salto con una flexión de rodillas. Lo cuenta alternando con chistes para alivianar la tensión natural que sienten los pasajeros antes de la aventura.

El arranque es suave, casi imperceptible. De hecho el piloto señala con su dedo la sombra del globo sobre el suelo y asegura: «Ya estamos volando». En ese momento los pasajeros muestran cara de sorpresa. La sensación es tan leve que genera menos vértigo que el movimiento de un ascensor. Es un día de poco viento. «Sin las condiciones ideales no volamos», aclara Camacho, quien aprendió la técnica en Alemania hace veinte años. Allá, en Europa, el clima mediterráneo colabora para la práctica de estos paseos —de ahí que en Cappadocia, Turquía, es un clásico el vuelo en globo—. Pero en Uruguay los vientos no siempre permiten una travesía segura y agradable.

Este día el despegue se realizó a menos de cuatro metros por segundo. Lo primero que impacta es observar cómo los árboles de olivas del lugar, donde procesan el aceite extra virgen, comienzan a formar interesantes dibujos. No en vano, hay teorías que sostienen que fue la cultura Nazca —famosa por su líneas en el desierto homónimo—, quien inventó el globo. Pero la documentación da el crédito de la obra a los hermanos franceses Montgolfier.

El aparato que sobrevuela Colinas de Garzón es de fabricación checa. Tiene solo cinco horas de vuelo, lo que es «una ventaja porque los globos se miden por su utilidad», señala el piloto, «y este tiene como para diez años más». La estructura pesa unos mil kilos. Es de tamaño mediano tirando a grande (comparado con los que usan en México o Europa) y cuesta, en promedio, 100 mil dólares.

La tela es colorida, lleva las iniciales JUL (por Julieta, la hija del piloto) y está dividida en paneles de modo tal que cualquier rotura es frenada por la costura siguiente. Esto permite un descenso lento y que no ocurra ningún accidente. En estas dos décadas en que Camacho vuela, el globo nunca le jugó una mala pasada. Además de su experiencia, lleva un altímetro-barómetro, radio que lo conecta a tierra y un GPS para ayudarse en la dirección que va el aparato.

El globo cuenta con dos calentadores. El piloto los aprieta alternadamente. Deja salir un poco de fuego que calienta los 4.500 metros cúbicos que caben y luego espera. Por momentos es tan poco el viento que anuncia: «Ahora estamos exactamente quietos». Con una cuerda puede hacer una rotación hacia la derecha y con otra a la izquierda. En broma dice: «Apróntense para la centrifugadora». Los pasajeros ríen porque el movimiento es más suave que una calesita de niños muy pequeños.

Para poder trasladarse busca que las corrientes de vientos vayan hacia el lugar que quiere, para eso sube y baja (siempre calentando o enfriando el globo). A los quince minutos alcanza los 450 metros sobre el nivel del mar. Este día, a esa altura, ya hay nubes. La sombra del globo se agranda y forma un arcoíris a su alrededor. Es inevitable sacarle fotos. Una suave brisa se siente en la cara. Volar es con todos los sentidos.

Camacho narra que piloteó un globo en que viajaba una chica ciega. Y, por supuesto, otras historias que incluyen a una pareja que se casó a cientos de metros de altura.

Si bien los récords mundiales hablan de miles de metros (luego de los 4.500 hay que usar máscara de oxígeno), «en los paseos turísticos no se sube a más de 500 para no causar cambios bruscos de presión», dice.

Tras una hora y media en el aire, y una visual que incluye la Laguna Garzón, el pueblo, las colinas y hasta Punta del Este de lejos, el piloto maniobra para estacionar lo más cerca posible del sitio de despegue. El aterrizaje es apenas menos suave que el resto del paseo. El canasto impacta muy lento contra el pasto en tres pequeños saltos (en tres tiempos dijera un relator de fútbol). Una vez quieto, el globo cae a un costado y los pasajeros descienden.

Matías, uno de los trabajadores de Agroland, llega con su camioneta, las pertenencias, copas y vino blanco para brindar. Antes, Camacho entrega los diplomas y hace el ritual de la aviación que recuerda el ingreso de los primeros aviadores (plebeyos condenados a muerte) que ascendieron a nobles luego de su primera aventura en globo.

La camioneta deja a los tripulantes en el salón boutique. Los esperan otras tres horas de experiencia (es abierta al público pero prefieren no difundir masivamente los costos) que incluye un recorrido en la zorra de un tractor por los olivares y almendros, conocer la planta de elaboración de aceite, proyección de un video temático y la degustación de los productos del lugar.

Fuente: El País

2017-02-20T03:00:15-03:00abril 20, 2015|Categorías: Home|Etiquetas: , |