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Al fin y al Cabo: crónica de dos días en el Polonio

Una periodista de la revista Domingo del diario El País pasó dos días en el balneario más rústico de la costa uruguaya y cuenta sus experiencias en la siguiente nota.

Me desperezo y estiro las piernas. Cuatro horas y media exactas; no recordaba que el viaje de Montevideo hasta la entrada al Cabo Polonio durara tanto. El reloj, que marca las 12 del mediodía, me impulsa a apurarme para sacar el ticket de entrada al pueblo. Los camiones salen cada hora en punto. Mientras estoy en la cola, observo la nueva «puerta del Polonio» que transita su tercera temporada ordenando la bienvenida al balneario, allí, en el kilómetro 265 de la ruta 10. Es una estructura de madera larga, prolija, con baños relucientes, un mostrador de información turística, una cafetería y dos ventanillas de venta de pasajes. Un cambio radical para el caótico panorama con el que solían encontrarse los visitantes años atrás.

La vendedora me informa que son $ 170 pesos, ida y vuelta. Le pregunto si no me puede vender sólo la ida. Me dice que no. Le digo que ok. Un cartel al costado avisa el resto de los precios: los niños de 5 a 8 años pagan $ 100, igual que las tablas de surf. Los vehículos particulares no están autorizados a ingresar, a menos que se disponga de un permiso especial de la Intendencia de Rocha cuyo trámite tiene un precio de 50 UR (unos 35 mil pesos); esfuerzo con poco sentido si se tiene en cuenta que dentro del Cabo no se puede circular en coche. Sólo los propietarios de ranchos tienen libre acceso en cuatro ruedas. Por eso, los que llegan en auto lo dejan en el estacionamiento de la entrada, que les adelgaza el bolsillo a un ritmo de $ 170 por día.
Llego a uno de los camiones a tiempo. Son los mismos de antes, los de siempre, con sus cajas rearmadas y sus asientos de ómnibus dentro. Minutos después de pasar el cartel que anuncia el ingreso al «Parque Nacional Cabo Polonio» y advierte que es una zona que pertenece al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), aparece la primera naturaleza poloniense: el monte y las dunas móviles que sacuden a los pasajeros al estilo rock & samba, con saltos bruscos y repentinos que hacen sonreír y sostener los bolsos con más fuerza.

«Pensar que la primera vez que vine entré a caballo. No había nada de esto», me comenta una mujer que está volviendo al Polonio después de varios años para que su hija pequeña lo conozca. De hecho, todavía se puede ingresar a caballo. O a pie. Pero a los costados del camino no diviso a ningún aventurero con ganas de andar los siete kilómetros de arena y bosque que separan la ruta del pueblo.

Cuando levanto la mirada, nos cruzamos con un camión que viene de regreso y noto que hay tradiciones que no se cortan: el pasaje de ambos vehículos se saluda efusivamente. Levantan las manos, se sonríen, se gritan hola o adiós. Se sienten en comunión. Se saben cómplices. Porque el Polonio no es para cualquiera.

El Pueblo

Media hora de camión y llegamos a «la plaza», que está en «el centro». En el Cabo todo es entre comillas. Porque la verdad es que no hay ni plaza, ni centro, ni direcciones posibles. Pero a modo de referencia, los conceptos se amplían. Los vehículos paran en una rotonda alrededor de la cual se agrupan vendedores de ropa y artesanías y algunos puestos de comida. De ahí sale también la única «calle»: un caminito sobre el que reposan hostales y boliches.

No parece haber mucha gente. Una vendedora me cuenta que, efectivamente, es un viernes de poco movimiento. En el Cabo, la cantidad de turistas varía mucho de un día para otro, dado que la mayoría son visitantes que llegan de mañana y se marchan a última hora, pero no pernoctan allí. Por eso, el clima es determinante. Cuando el sol brilla, los que se están quedando en los balnearios vecinos -Valizas, Aguas Dulces, Punta del Diablo, La Pedrera- no dudan en aprovechar un día en el Polonio. Pero si el cielo amenaza con lluvia, la merma de visitantes es notoria. «Y los que compran más son los que vienen por el día. La gente de los ranchos no», explican.

Yo no me quedo por el día pero me acerco a un puesto y elijo una caravana de pluma por $ 100. En otros puestos las hay de hasta $ 300. El artesano, de inevitable impronta bohemia, pelo desordenado, piel curtida y sonrisa simpática, me mira probarme varias y opina mientras alcanza un espejo. Cuando pago, me pide que elija una piedra y, pinza y alambre en mano, no demora más de 20 segundos en armar un trepador para la oreja, que me regala con calidez. Es otro clásico: los artesanos siempre te demuestran que les caíste bien regalándote un pedacito de su arte.

Miro en derredor y busco un lugar para comprar agua. A unos 200 metros se levanta El Templao, almacén que nadie llama de otra forma que no sea «El Lujambio» debido a su dueño: el Pancho Lujambio. «Mi yerno instaló el negocio cuando había unos poquitos ranchos en los montes. Y se terminó convirtiendo en el más antiguo y más grande del Polonio. Está abierto todo el año», cuenta un hombre mayor que fuma tranquilamente, sentado afuera de la provisión.

Alrededor del Lujambio hay varios hostels. Pregunto precios, pero termino entrando a una posada a orillas del mar. Al abrir la puerta me topo con la mirada curiosa de una decena de jóvenes que, alrededor de una mesa, reparten cartas. ¿Querés jugar?, me pregunta uno después de que una chica joven me diga que va a averiguar si todavía hay lugar para hospedarme. Además de uruguayo llano, discrimino acentos chileno, portugués y anglosajón. Pero no llego a recibir mi primera carta cuando la encargada vuelve lamentando que no puedo quedarme: el hostal está lleno. Me despiden diciéndome que vuelva para jugar después de ubicarme en otro hostel.

Entro al rancho más cercano, otra posada bañada por las olas, que alquila habitaciones compartidas a $ 800 por día. Hay lugar disponible. ¿Tenés agua caliente?, le pregunto al encargado, que me mira con cara de qué-querés-que-te-diga. «Eso depende del tiempo. Ayer hubo sol, así que al menos tibia tiene que estar. Acá solo tenemos paneles solares. Gas ya no uso más porque una vez casi me explota todo el lugar, viste». Le digo que pah, que ¿en serio?, que todo bien, que el agua tibia me sirve.

Así como no hay electricidad, en el Polonio tampoco hay agua corriente. Por eso, andando por el pueblo en algún momento uno se encuentra con Pablo, el «aguatero», que recorre el balneario en un camión recargando tanques. Tira de la cuerda del generador una, tres, cinco veces, arranca. El agua empieza a subir. Pablo se sienta, espera y cuenta que la trae desde un manantial cerca de Valizas, «después de la tercera duna», que nunca se seca. «¿Si es potable? Bueno, no tiene ningún estudio que diga que no. Ni que sí». Todos los días recorre el Cabo yendo a cada lugar que se lo solicita. Los que no lo llaman utilizan agua de pozo.

Las playas

Con el cielo despejado, el Polonio invita a cualquiera de sus dos playas: la de La Calavera (o Norte) y La Ensenada (a la que todo el mundo conoce como playa Sur), que se dan la espalda a 300 metros de distancia. Cada una tiene un estilo bastante definido. «Esta es una playa mucho más hippie, la otra es más high, a pleno», describe Saúl, uno de los guardavidas en la caseta de La Calavera. Esa, la Norte, es la que recibe a los que llegan caminando por la costa desde Valizas (travesía que lleva entre dos y tres horas). Y es también la que está más cerca de «la plaza», por lo que los turistas más perezosos se bajan de los camiones y enfilan derechito hacia esa orilla.

Ahí es donde descansan las lanchas de los pescadores cuando no están trabajando en altamar. Si fue un buen día, a la tarde se los puede ver fileteando pescado. Este enero, sin embargo, se han embarcado con mucha intermitencia y las barcas han resultado más útiles para darle sombra a los bañistas, quienes suelen aprovecharlas para resguardar sus pertenencias. Un pescador me explica que cuando el viento se siente en la costa, «allá (señala el mar con la cabeza) no se puede estar». Más tarde, el encargado de un hostel me dirá que a veces no salen porque no tienen demanda de los restaurantes de la zona. Ellos nutren cocinas del Cabo, Castillos, la ciudad de Rocha y otras localidades.

Sin embargo, es un poco desconcertante la poca variedad de pescado que ofrecen los boliches esta temporada. En un pueblo de pescadores, el menú debería tentar con más que cazón y lenguado. Eso sí, como en toda la costa rochense, nunca faltan los camarones, las miniaturas de pescado, las empanadas de siri ni los buñuelos de algas. Los precios no asustan.

De vuelta en La Calavera, el guardavidas Saúl aclara que si bien las playas del Polonio no son «de surfistas», igual pueden ser de cuidado. En condiciones de riesgo, agrega, es más peligrosa La Ensenada, «porque tiene una energía de agua más fuerte y la corriente te lleva lejos».

La playa Sur -la high, según Saúl; la más pro, según escucharé de varios habitué en poloniense puro- es la que baña los terrenos que son propiedad de Gabasol S.A. En ese predio se levantan los «ranchos blancos», los más modernos y menos rústicos del Polonio. La mayoría guarda vehículos 4×4 y alquilarlos en temporada alta no baja de los 200 dólares por día.

Mientras me paro a observar el pizarrón de precios de un puestito de comidas en la Sur -choclos $ 70; ensalada fruta $ 70, agua mineral $ 50, agua caliente $ 20-, veo una cara conocida. Es el actor argentino Germán Palacios, parado a pocos metros de la orilla, en short de baño, conversando animadamente con un grupo. Un rato después, al otro lado del pueblo, en un rancho sobre La Calavera, diviso otro rostro familiar jugando a la pelota con un niño. Es Carlos Santamaría, otro actor argentino, en Uruguay mucho más conocido por su cara que por su nombre. Los dos son habitués del Cabo y este año no hicieron excepciones, aunque en los hostales comenten que la merma de turistas argentinos se nota.

Diferencias aparte, hay una característica compartida en ambas playas polonienses. En cualquiera de las dos, se ve más gente leyendo o charlando que prendida al teléfono. La señal de celular es buena. Pero por aquí, la tecnología se deja de lado.

El faro & los lobos

Pie detrás de pie /no hay otra manera de caminar /la noche del Cabo /revelada en un inmenso radar. El faro al que Jorge Drexler le dedicó su canción Doce segundos de oscuridad data de 1881 y es un imán para los turistas. Está abierto todo el año. Después de abonar los $ 20 de la entrada, solo hay que tomar aire para hacerle frente a los 132 escalones que llevan a la cima. En el ascenso en continuo espiral, me topo con una pareja en sus 60 que paró a descansar. «Uf… no nos avisaron que era tanto», se queja él risueño. La recompensa, a 126 metros de altura, es una inigualable vista del Polonio en 360 grados. Amable y dispuesto, el farero enseña a quien lo requiera cómo funciona el sistema lumínico que provoca un destello cada 12 segundos. En la parte superior de la torre algunos jóvenes descansan o toman fotos. Abajo, la panorámica de las rocas me remite de inmediato a una escabrosa escena del libro Battle Royale, que acabo de terminar de leer. Sacudo la cabeza para espantar la imagen y la mirada recae en los lobos marinos. Desde ese punto se observa la colonia entera -«una de las reservas más grandes del mundo», según folletos oficiales del balneario- y se oyen sus ruidosos sonidos. Es entretenido verlosinteractuar, librando pequeñas batallas por territorio o retozando al sol. Conforman un verdadero espectáculo para los turistas, que se acercan todo lo que permiten las vallas para tomarles fotos o al menos admirarlos a pocos metros.

La noche

«Ahí, donde está el pizarrón de almacén que tiene escrito ‘Estación Central’ con tiza, ¿viste? Bueno, es ahí», me indica una chica que ya lleva cinco de sus 19 años veraneando en el Cabo. Cuando miro «ahí», me sorprendo frente a una cabaña que al verla de día jamás dará la impresión de ser «el» lugar para salir a bailar que tiene el Polonio. Pero es. La misma chica me cuenta que durante varias temporadas usaron «el mismo pendrive», o sea, escuchaba las mismas canciones, en el mismo orden. Se ríe. Este año evolucionaron al DJ.

A 100 metros de allí -la Estación queda sobre la plaza- se erigen dos bolichitos, uno pegado al otro, que también estiran la noche. Son el Bar Lobo, con sus hamacas paraguayas y bancos de madera, y el Johnny Hazt, con mesitas y sofás al aire libre. En los dos se arman fogatas, se venden tragos y comidas, se escucha música.

A la luz del ocaso, hay dos mesas ocupadas en el Johnny. En una, dos chicas se besan. En la otra, espero mi pedido. Esta temporada el local cambió de manos y lo gestionan seis amigos, entre los que hay periodistas, docentes y escritores. Uno de ellos, Nicolás, explica que el bar toma prestado el nombre de un uruguayo que al saberse con cáncer se instaló en el Polonio. Fue su hijo quien abrió el boliche inicialmente. No es raro que Johnny Hazt visite el Johnny Hazt.

En el Cabo, todo tiene nombre propio. Decir «lo de» es una referencia común que se adopta casi oficialmente. Lo de Joselo es un rincón por el que hay que pasar. Se trata de un bolichito con paredes de plantas, piso de botellas y techo de cielo. Joselo, un veterano ciego de cabellera blanca y aspecto bohemio, es uno de los 60 residentes permanentes del Polonio. Cigarro en mano, apoyado en la barra de su boliche, cuenta que él levantó este lugar solo, hace 30 años. A menudo se lo puede ver en la puerta del bar, acompañado por los perros de los que advierte un cartel, y sin bastón.

Es que si algo no le falta al balneario es un amplio abanico de personajes, insólitos, pintorescos, entrañables. A la hora del regreso, no pude menos que recordar una cita que se le adjudica al Zorro, otra figura que supo alimentar la mística del lugar: «Algunos dicen que vienen a despejarse, otros dicen que en Polonio renacen otra vez. Muchos dicen que vienen para olvidar… y yo digo que tal vez vienen para acordarse».

Fuente: El País

2017-02-20T03:02:31-03:00enero 20, 2014|Categorías: Home|Etiquetas: , |