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¿Qué nos pueden enseñar sobre distanciamiento los uruguayos de la Antártida?

Quienes vivieron y todavía residen en este lugar pueden ser de ayuda para lograr sobrellevar la cuarentena local

Entre una isla en la que la temperatura alcanza los 20 grados Celsius bajo cero, o más, y el Uruguay otoñal, hay algún punto de contacto. De las 20 horas de oscuridad en la que viven los uruguayos de la base antártica Artigas durante el invierno a la falta de rutina de quienes viven en cuarentena en el país por el coronavirus tal vez haya menos distancia de la que parece. Después de todo, se trata de ocho personas que deben convivir en un espacio limitadísimo y sin transporte fuera de la isla entre abril y diciembre.

El coronavirus afectó también a este continente. La base Artigas canceló su último vuelo, previsto para el 14 de abril, por lo que hay cinco funcionarios que debían volver a Uruguay y que ahora esperan por una vía alternativa. Les llegará y no se quedarán allí todo el invierno, asegura el actual jefe de base, el coronel retirado Emilio Obelar.

Como todos los que han estado en su rol desde 1985, debe lidiar con un grupo en pleno confinamiento en un espacio cerrado donde las tareas diarias son mínimas. Es que el objetivo durante el invierno es mantener la presencia uruguaya en la Antártida, uno de los requisitos para los países que integran el Tratado Antártico.

Rutina contra la depresión del encierro

Lo que ocupa a la dotación en el día a día es chequear los generadores eléctricos (vulnerables a las ventiscas), despejar la nieve acumulada, mantener los talleres y los tres vehículos, cocinar y lavar (tal vez las tareas más demandantes), medir las temperaturas y vientos y mantener un flujo de comunicaciones con Uruguay y las demás bases. Salvo las meteorológicas y de comunicaciones, las demás tareas pueden tener o no un horario o día fijo. Los días de la semana no se diferencian, las horas de luz se acortan hasta que van de diez de la mañana a la una o dos de la tarde y cada función se puede cumplir en poco rato salvo emergencias.

En estas circunstancias es fácil caer en la abulia, pasar a la depresión y generar un caldo de cultivo para conflictos.

“Tal vez no sea necesario levantarse a las 7, pero tiene que haber una rutina. En circunstancias así hay que fijarse metas y seguirlas, de a poco, día a día. Yo hago gimnasia seis días a la semana y busco distintas rutinas. En la noche miramos juntos alguna película o una serie”, afirma Obelar. Detrás de él hay 35 años de experiencia de las dotaciones anteriores.

Una de las tareas que se proponen es la de despejar la ferretería de material viejo. Recientemente, además, extrajeron los restos de una vieja plataforma que estaba hundida desde 2013 en el lago del que sacan el agua para la base. Por otra parte, en estas circunstancias laborales tan infrecuentes, se apoyan mucho en el entretenimiento colectivo, con un pool, una PlayStation, el uso de una biblioteca o un asado semanal.

Hoy la base tiene un galpón, talleres, un gran comedor, dormitorios en abundancia, un laboratorio, una enfermería y una estación de comunicaciones. Aunque el largo invierno obligue al confinamiento y cierre opciones, es mucho más de lo que había en 1986, cuando por primera vez un grupo de uruguayos atravesó lo que se conoce como “invernada”.

Un aislamiento duro

El coronel retirado Heber Cappi fue el jefe de base entre enero de 1986 y marzo del año siguiente. Cuenta que durante aquel primer invierno se quedaron 11 militares hacinados en tres refugios. Uno de esos refugios tenía la radio, otro era un galpón que incluía el baño y el tercero tenía las habitaciones, cuyas puertas no se podían abrir del todo porque se chocaban con las cuchetas. Para comunicarse con el mundo exterior tenían una radio que podían usar una vez por semana.

“Hubo un solo día en que no desarrollé tareas, que fue cuando entregué el mando”, asegura Cappi. “Con 23 grados bajo cero y hasta -60 de sensación térmica hubo tarea afuera. No se podían dejar de hacer porque de lo contrario la nieve bloqueaba la salida e impedía llegar a los gabinetes higiénicos. Allá, como acá, si alguien está bien equilibrado quiere salir y estar más libre. Nosotros no salíamos porque la nieve nos inhibía. En esta cuarentena hay que hacer lo contrario”.

Para establecer otro paralelo con la cuarentena actual, Cappi cuenta que casi no tuvo referencias previas para lidiar con esa tarea tan infrecuente para un uruguayo. El coronel fundador de la base había hecho un cursillo antártico en Nueva Zelandia y de ahí surgía el conocimiento que manejaba.

“Había que llevar a esa gente, de alguna forma mirar dentro de ellos para ver cuál era su espíritu –comenta–. La válvula que tenía era, cuando el tiempo aflojaba, aunque teníamos solo una moto de nieve, ir a las bases cercanas, que por la dificultad de la geografía  y el clima se hacían lejanas. También le daba tareas a cada uno. Hoy cocina uno, pero la higiene la hacía otro. Yo empecé a lavar para que luego lavaran los otros. Después no tenían más alternativa que seguir”.

Tomar la iniciativa es fundamental para quien ocupa el rol de líder, sobre todo porque en ese tiempo es poco viable arrestar a un insubordinado. En su caso, lo que ocurría era que muchos se aguantaban las ganas de ir al baño solamente para no hacerse cargo de palear la nieve que bloqueaba las puertas. Así que él tenía que dar el primer paso para que otros lo siguieran.

Lejos de lo que se espera de la dureza de los mandos militares, para Cappi era necesario acercarse a su personal y escucharlos. Si veía que alguien se cerraba mucho y estaba notoriamente mal, intentaba escucharlo y entenderlo. Con los años, la base y la experiencia antártica fueron evolucionando y permitieron otras estrategias.

Deportes y arte

Hasta 1998, cuando llegó internet a la base, solo había teléfono satelital para comunicarse con el exterior. “Eso fue un cambio notable para los períodos de aislamiento”, explica el coronel retirado y escritor WaldemarFontes, quien fue jefe de base en 2000, 2007 y 2009. “Antes de internet era más común que se reunieran a conversar, a jugar a las cartas. Aunque era un internet muy básico, la gente empezó a aislarse. Estaban comunicados a distancia pero quizás no sabían lo que le pasaba al de al lado, cosa que ahora vemos a diario en el resto del mundo”.

Su principal estrategia fue siempre mantener ocupado a su personal más allá de los trabajos básicos de la base, lo que se ejecuta de un modo distinto según el grupo humano que toque. En el año 2000, por ejemplo, acondicionaron el galpón y practicaban vóleibol todos los días y de lunes a viernes miraban una telenovela a las 9 de la noche. Otro año hicieron manualidades, organizaron un concurso interno y se votaron entre ellos.

Todos los años se realizan competencias deportivas en la base chilena. Fontes cuenta que en 2009 se incendió el lugar en el que las hacían, por lo que debieron cancelarse. Y cambió la estrategia. Como los jefes de las bases china y rusa eran aficionados a la poesía, propusieron hacer un certamen de este género entre países que estaban en la Antártida. Fontes organizó talleres de lectura y escritura y los uruguayos participaron con sus colegas extranjeros.

Otro año, por ejemplo, hicieron muestras de teatro entre otras iniciativas.

“Lo importante más que el producto final es todo lo que se organizó para crear eso –recuerda Fontes–. Esas actividades insumen una cantidad de tiempo y marcan una rutina, reuniones. Pero siempre depende del grupo”, agrega.

Y, del mismo modo que decía Cappi, asegura que es necesario hablar y negociar. Y que el jefe, para mostrar su liderazgo, tiene que dar el primer paso y, por ejemplo, barrer antes que su personal.

Ejercicio en pocos metros cuadrados

Para el teniente coronel Alejandro Capeluto y el coronel retirado Gustavo Dalmao, que fueron jefes en años recientes, la rutina y los horarios para iniciar el día son fundamentales.

Presentarse en el comedor a las 8 de la mañana, hacer una puesta a punto del día y desayunar al mismo tiempo es el punto de arranque que corresponde a cada jornada.

Otro punto en común entre Capeluto y Dalmao es mantener la actividad física como antidepresivo y paliativo del cansancio psicológico.

“En la Antártida teníamos un pequeño gimnasio, pero aquí tenés rutinas para buscar en internet y que se pueden hacer en un pequeño espacio en la casa. Aunque hubiera encierro y muchas horas de noche, mover el cuerpo impacta en el estado de ánimo”, afirma Capeluto.

Dalmao optaba por asignar turnos obligatorios para el uso del gimnasio, ya que la cantidad de aparatos no permitía que todos los usaran a la vez. Además, apelaba a las actividades recreativas colectivas, como jugar a las cartas o ver una película.

Eso, además, permite conversar y saber qué les sucede a las personas con quienes se convive.

“Creo que el aislamiento aquí (en Montevideo) puede ser más angustiante que en la Antártida –opina Capeluto–. Porque es más frustrante estar cerca, quizás a media hora de ómnibus, pero no poder acompañar a un ser querido”, indica.

Fuente: El Observador

2020-03-31T17:07:46-03:00marzo 31, 2020|Categorías: Sociedad|Etiquetas: |