El paraíso ruso en Uruguay

Se estima que la diáspora rusa oscila entre siete y diez mil personas; el primer ruso llegó en 1860

La historia de Mijaíl Futin hubiera sido como la de cualquier migrante que a principios del siglo XX decidió abandonar su pueblo natal en la búsqueda de nuevas oportunidades a no ser por un detalle nada menor.

Futin, quien había nacido en 1886 en un pequeño pueblo rural de Karpovsky (actualmente en la provincia de Rostov, Rusia) en una familia de cosacos del río Don, pertenecía a un culto religioso que se separó de la iglesia ortodoxa rusa en la segunda mitad del siglo XIX y que se hace llamar como Novo-Izaráilskaya Obschina (Nuevo Israel), según cuenta el libro “Los Rusos en el Uruguay: historia y actualidad”, editado por la embajada de ese país en Montevideo en 2011.

Su padre había fallecido cuando él era joven y a raíz de una enfermedad no fue reclutado por el Ejército imperial. El desasosiego lo llevó a acercarse a esta corriente segregacionista y esa decisión cambió su vida para siempre.

Los adeptos del culto creían que Dios puede convertirse en ser humano y que la persona que recibe el espíritu santo se llamaba “zar”. El zar poseía capacidades extraordinarias: predecía el futuro, sabía sanar y echar mal de ojo. Los nuevos israelitas rechazaban los sacramentos de la iglesia ortodoxa y sus rituales así como sus imágenes y santuarios.

El culto se propagó por el sur de la Rusia europea bajo el liderazgo de Vasili Lubkov, su mesías. La corriente se oponía abiertamente a la iglesia ortodoxa y por eso era perseguida. La partida de su hogar hacia una nueva tierra prometida era solo una cuestión de tiempo. Y esa posibilidad se terminó concretando cuando los nuevos israelitas rusos supieron que el presidente (José Batlle y Ordoñez) de un pequeño rincón de Sudamérica estaba alentando el ingreso de inmigrantes de cualquier origen, especialmente si eran agricultores.

A principios de 1913, Futin partió desde Libava junto a 90 seguidores del movimiento en el barco de vapor “Oban” hacia América del Sur. La travesía llevó 27 días y culminó en el puerto de Montevideo. Un segundo grupo llegó en el “Bahía Blanca” a fines de mayo y todos fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes –una sucesión de barracas y conventillos- donde los recién llegados debían cumplir una estricta cuarentena.

Estuvieron allí dos meses en pésimas condiciones de vida. En junio, cansados de las esperas y promesas incumplidas, los inmigrantes pusieron el grito en el cielo. Fueron hacia el Palacio Legislativo y se sentaron en las escalinatas a esperar la llegada de los parlamentarios. Ahí los vio Alberto Espalter, legislador del Partido Nacional, quien se acercó y escuchó sus reclamos. Horas después, en la cámara, Espalter dijo que quería ayudar a solucionar la situación de los inmigrantes rusos y ofreció algunas de sus tierras ubicadas en el departamento de Río Negro. Las tierras fueron cedidas al estado y quedaron bajo la tutela del Banco Hipotecario.

Dos barcazas de la Armada partieron de Montevideo, navegaron el Río de la Plata y el Río Uruguay hasta desembocar, el 27 de julio de 1913, en un espacio de pleno monte nativo donde se constituyó la primer colonia de inmigrantes rusos bajo el nombre de “Ofir”, que en sentido figurado puede interpretarse como “paraíso”. En esa nueva Sión de tierra rica, sol y tranquilidad los nuevo israelitas fundaron –pasando penurias y dificultades- lo que hoy se conoce como San Javier, la única localidad del hemisferio sur en donde hay una predominancia de inmigrantes rusos y sus descendientes.

Futin fue parte de esa historia de asentamiento. Los rusos dividieron la tierra, construyeron sus casas e incluso un edificio de culto llamado “Sabraña” que ofició como lugar de reunión a orillas del río. En 1914 construyeron también la primera escuela pública de chapa y madera donde 150 niños que no hablaban español comenzaron a aprender sobre el país que los recibía. Pero la comunidad no se mantuvo siempre unida.

Con el paso del tiempo, el liderazgo autocrático de Lubkov se fue resquebrajando y comenzó a ganar detractores. Las diferencias se agudizaron cuando se comenzó a advertir un manejo irregular de los bienes materiales que producía la colonia.

La situación desencadenó en que Lubkov y unas 50 familias decidieran regresar a un país que ya no era el mismo. En la Unión Soviética fueron perseguidos por el régimen comunista con la misma ferocidad que en épocas de los zares. El líder de Nuevo Israel murió en 1937 prisionero en una cárcel soviética en la Siberia.

Por su parte, la comunidad siguió su camino. Desarrollaron una vida cultural alrededor del centro Máximo Gorki y crearon grupos de danzas típicos (Kalinka).

En San Javier nunca se enseñó ruso en la escuela pública hasta el 2008, cuando el gobierno uruguayo incorporó el ruso dentro de las asignaturas de la escuela. Un año después, más de 320 alumnos de la escuela número 32 comenzaron a estudiar gracias a la llegada de Alina Matiunina, oriunda de Bélgorod. Esta maestra fue sustituida por Zoya Vysotskaya.

San Javier fue a todas luces la migración organizada rusa más importante que recibió Uruguay y aunque vivieron una vida de puertas adentro, celosos de su intimidad, también tuvieron un activismo político nada despreciable.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en San Javier se formó el Comité de Ayuda a la Unión Soviética. Las mujeres tejían bufandas, gorros y prendas de abrigo para enviar a su país y los hombres organizaban eventos para solventar gastos.

De San Javier también surgió Vladimir Roslik, quien fue una de las últimas víctimas de la dictadura. El doctor Roslik murió en abril de 1984 por torturas que le infligieron en el batallón de infantería número 9.

Los otros inmigrantes
Los nuevo israelitas rusos no fueron los únicos en pisar el territorio uruguayo. Más de medio siglo antes que ellos se instalaran en San Javier había llegado el primer barco de bandera rusa.

Una expedición de navíos a hélice de la flota rusa –el clíper Plastún y las dos corbetas Novik y Rynda- hicieron una parada de emergencia en el puerto de Montevideo en 1860, en su viaje alrededor del mundo.

A través de la pluma de Alexey Vladímirovich Visheslávtsev, un médico de 29 años que trabajaba en las Fuerzas Armadas y que viajaba a bordo, los rusos conocieron algunas de las características de estas tierras. El cronista contó como en su visita por la ciudad le dieron para probar “un aparato que parecía un tintero con una pluma introducida en él”. Así supo lo que es el mate.

También le impactó su encuentro con personas que, por su indumentaria, se podían confundir con “turcos o traperas” dijo sobre los gauchos.

Su enamoramiento con Uruguay fue evidente. “Este estado merece mucha atención y es fácil de entender cuán significativo sería si sus tierras, capaces de alimentar a más de quince millones de habitantes, fueran pobladas por lo menos por dos o tres millones de gente activa y trabajadora. Este nivel de población haría a este país realmente independiente”, escribió en sus Ensayos a pluma y lápiza. De la circunnavegación de los años 1857-1860.

A las crónicas de Visheslávtsev se sumaron los relatos de Alexandr Semiónovich Iónin, quien fue el primer representante oficial de Rusia ante Uruguay.

El establecimiento de las relaciones entre ambos países había sido en 1857 con el intercambio de mensajes personales entre Gabriel Pereira y el emperador Alejandro Segundo. En 1883, Iónin era el embajador ruso en Brasil y fue nombrado ministro concurrente ante Argentina y Uruguay. En mayo de 1886 llegó por primera vez a Montevideo, una parada en su trayecto a Buenos Aires para entregar las cartas credenciales al general Julio Roca.

Iónin arribó en un momento de transformaciones en el país. Estuvo en medio del golpe de estado de Máximo Santos, lo cual de forma insólita lo llevó a reunirse con Francisco Vidal y luego con el nuevo presidente.

“Durante la reunión con el consejero efectivo del estado, el general Santos expresó su profunda simpatía hacia Rusia, y lamentó que Rusia no hubiera acreditado a su enviado también a la República del Uruguay”, escribió el diplomático a su gobierno.

El representante ruso llegó por tierra en una carroza. En sus crónicas hay valoraciones sobre la carne uruguaya la cual caracterizó como “insípida, fibrosa, acuosa y con muy poca grasa”.

“El ganado de aquí nunca come pasto seco y suele alimentarse pasto natural (…) por eso la carne tiene mucha agua”, escribió. Le gustó el asado con cuero que degustó en la casa del presidente. “Un manjar suave e incomparable”, escribió.

Son también llamativas sus notas sobre el “ritual” del mate. “Esta acción puede durar a veces horas, una tarde o, incluso, hasta un día entero si la compañía no tiene nada que hacer y no tiene prisa. Siempre se cumplen las estrictas normas de protocolo: no se puede pedir la bombilla sin turno. Se debe aceptar la bombillas en tus labios, aunque acaba de estar entre los labios del vecino, no se la puede limpiar: es de mala educación”, tomó nota.

Los dos cronistas rusos ven a Montevideo con una ciudad con gusto europeo, sin nada que envidiarla a Lisboa, Génova o Burdeos, por su arquitectura y hábitos culturales. Iónin notó en aquel momento que había un “desarraigo radical” de la religión en la vida de los uruguayos.

Lo acreditaron como ministro plenipotenciario del imperio ruso en Uruguay en 1887 y volvió a visitar el país varias veces.

Los cosacos en armas
La revolución, la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial trajeron a nuevos inmigrantes rusos, entre ellos cosacos, oficiales blancos y representantes del arte y de la cultura que se asentaron en Salto, Montevideo y Fray Bentos.

A pesar de que tenían diferentes convicciones políticas y opiniones acerca de lo que estaba ocurriendo en Rusia, los inmigrantes encontraron la posibilidad de unirse alrededor de la parroquia ortodoxa de la asociación de la “casa rusa de apoyo mutuo” y también del “centro cosaco”. En general, el atributo en común que tenían era su inadmisión por el gobierno soviético.

Los cosacos y oficiales del Ejército de Petr Vránguel que se habían refugiado junto con el resto del Ejército Blanco en Crimea para huir de Rusia constituyeron un grupo especial entre los inmigrantes.
Llegaron a Uruguay por Argentina desde los campamentos turcos de la isla de Lemnos y Galípoli.

Estaban esperando la reanudación de la campaña militar contra los bolcheviques y durante mucho tiempo se conservaron como una fuerza militar preparada lanzar una ofensiva. Creían que pronto podrían retornar a su patria y por eso procuraban conservar su identidad cultural y sus tradiciones.

Se reunían en la teja en casa de Mijail Morózov, en la calle Manuel Herrera y Obes 4627. Morózov era un respetado cosaco que participó durante la guerra civil en la guerrilla de Cáucaso, donde fue herido varias veces.

En 1926, Uruguay fue el segundo país del continente en reconocer a la Unión Soviética siguiendo los pasos de México. La representación diplomática permanente de la URSS se constituyó en 1934. Sin embargo, las relaciones se interrumpieron durante la dictadura de Gabriel Terra. Se restablecieron diez años después, el 27 de enero de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial.

La aristocracia rusa en Uruguay

El fin del zarismo significó el exilio para la mayoría de los miembros de la familia real. Algunos de ellos fueron a parar a un país cuyo único contacto con la monarquía había quedado enterrado más de un siglo y medio atrás con el virreinato del Río de la Plata.

El príncipe Konstantín Alexandrovich Gorchakov vivió en Montevideo durante la segunda mitad del siglo XX. Era descendiente del famoso canciller ruso Alexander Gorchakov. Trabajó durante años en el Banco de Montevideo.

En las veladas benéficas organizadas por el príncipe se reunía toda la aristocracia rusa que vivía en el Uruguay.

Gorchakov sentía profundamente la muerte de la Rusia zarista. Cuenta la anécdota que en Montevideo evitaba saludar a Nikolay de Bazili, un destacado personaje de la inmigración rusa que se hizo célebre por su participación en la organización del golpe de estado de febrero en Rusia, y también por haber participado en la redacción del acta sobre la abdicación del emperador Nikolay Segundo.

También en Montevideo vivió durante 25 años Ekaterina Románova, la última integrante de la Casa Imperial rusa cuyo nombre está en el calendario de la corte de 1917. Románova era la tataranieta del emperado Nikolay Primero. Su bisabuelo, el gran duque Konstantín Nikolaevich era hermano y compañero de lucha del último emperado Nikolay Segundo.

Románova conoció Uruguay en la década de 1960 y se asentó en forma definitiva en 1982 hasta su muerte en 2007.

Otro miembro notable de la aristocracia fue Alexandr Tolstoi, bisnieto de León Tolstoi, quien llegó por primera vez a Uruguay en los años 1950. Estudió en el Liceo Francés y luego volvió a Paris, ciudad donde había nacido. En 2002, luego de la muerte de su esposa, volvió a Uruguay. Primero se instaló en Montevideo, cerca de una plaza que lleva el nombre de su bisabuelo y luego se radicó en Punta del Este.

Fuente: El Observador

2018-06-26T14:54:51+00:00junio 25, 2018|Categorías: Sociedad|Etiquetas: |