Las plantaciones llaman la atención en el sur y el litoral por su intenso color. En esta primavera se van a cosechar más de 111 mil hectáreas de colza, 48% más que en 2019. ¿A qué se debe el avance?

Allá por el kilómetro 85 de la ruta 1, en San José, nace el Camino del Carretón. Es una ruta vecinal que conecta el sur con la capital del departamento. Federico Britos llega al lugar con su camioneta y me hace una seña con la mano: hay que seguirlo. El auto de este ingeniero agrónomo de 33 años, que dirige una empresa agropecuaria familiar, toma por el camino rural y un par de kilómetros más adelante la tonalidad de los campos cambia en forma abrupta: aparece una enorme mancha de color amarillo fosforescente, que contrasta con los verdes y marrones que hay todo alrededor.

Su plantación de colza (o canola) es una de las tantas que se pueden apreciar en este comienzo de primavera en el sur y el litoral del país. No es la típica imagen del campo uruguayo: estos colores que irradian una extraña energía positiva han ganado terreno de una forma nunca vista.

En realidad esta historia se remonta a mediados de la década de 1960, cuando Rogelio Britos -el abuelo de Federico- plantó su primer “cuadro” de papa. Las cosas anduvieron bastante bien y su chacra se transformó en una referencia de la zona. Hace unos 15 años sus hijos Néstor, Fernando y Miguel fundaron Britos Hermanos y decidieron diversificar la producción, ampliando a los granos y la ganadería. Por esas cosas del destino el nieto de Rogelio estudió sobre la explotación de la colza justo al final de la carrera en la Facultad de Agronomía y salió con una base de conocimientos sobre esta planta que hasta hace poco no existía en Uruguay. Él está hoy a cargo de la parte técnica de la empresa: es gerente de producción.

Britos muestra con orgullo la plantación de colza. Tienen unas 700 hectáreas en esta zona de San José: es la tercera parte de las plantaciones de invierno de la empresa, que se complementan con los tradicionales caballitos de batalla de la estación, la cebada y el trigo.

Los Britos fueron unos de los primeros en incursionar en forma seria con colza en Uruguay a inicios de la década pasada: empezaron a probar con unas pocas hectáreas de esta planta oleaginosa cuyas semillas son usadas para producir aceite para consumo humano y también para fabricar biodiesel. De hecho, al principio la empresa pública Alcoholes del Uruguay (ALUR) fue el principal impulsor de la producción uruguaya de canola debido a su interés en el biocombustible.

Es un hecho: 2020 es el año del salto de la colza en Uruguay, mientras el trigo cae. La cosecha es récord total en el país. Cualquiera que haga el trayecto por la ruta 1 entre Montevideo y Colonia, por ejemplo, se cansará de toparse por estos días con las plantaciones con ese amarillo furioso tan llamativo.

Según la encuesta agrícola Invierno 2020 del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), realizada entre el 15 de junio y el 5 de julio de 2020 mediante entrevistas a productores rurales, se estima este año una siembra de 111.241 hectáreas para la colza y carinata, dos plantas de la familia de las brasicáceas. La enorme mayoría de ese espacio es ocupado por colza, mientras que la carinata es un cultivo aún más nuevo impulsado por UPM para exportar a Europa con destino a la elaboración de biocombustible para la aviación (el llamado biojet).

Ya se sabe que esta es la cosecha más grande de la historia: representa un aumento del 48% del área con respecto a la zafra de 2019. Cada año ha sido más exitoso que el anterior desde que se empezó a plantar en forma constante allá por 2010, aunque hay experiencias puntuales incluso desde inicios del siglo sobre todo en la zona de Dolores en Soriano y Ombúes de Lavalle en Colonia. Al principio ni siquiera era rentable. En 2013 se plantaron 12.000 hectáreas en el país pero el despegue llegó en 2017 y 2018, cuando se cosecharon unas 53.000 hectáreas cada año. En 2019 fueron 75.000.

Es el tercer cultivo de este invierno, por detrás de la cebada (unas 180.000 hectáreas) y el tradicional trigo, que viene a la baja hace años y en 2020 llegaría a unas 217.000 hectáreas.

Chauchas.
La planta Brassica napus (ese es el nombre científico) es verde y el color amarillo se lo da una flor de pequeños pétalos dispuestos en forma de cruz.

-¿Cómo es posible que de esta flor salga aceite? -le pregunto a Britos, con curiosidad y mucho de ignorancia, mientras nos metemos literalmente adentro de la plantación.
Entonces explica que no es la flor lo que se cosecha, sino el fruto. Son unas pequeñas semillas que salen de algo que parecen ramitas. Son silicuas, como chauchas bien finas. Britos corta una y, con cierta dificultad, la abre. Adentro hay entre 20 y 25 semillas.

-Está medio blandita y no se ve, pero ahí está la semilla -dice y muestra unos diminutos granos.
Cada uno de ellos tiene entre 40 y 45% de aceite. O sea, casi la mitad es aceite. Y ahí está el negocio.
Una vez maduras y secas, las semillas se abren fácilmente y se desgranan. En esta época se están terminando de formar (la siembra es entre abril y mayo), y entre fines de octubre e inicios de noviembre las sacan. No crecen mucho igual: el peso de 1.000 semillas son cinco gramos.

La cosecha es una de las etapas críticas para el éxito de este cultivo, ya que no todas las chauchas se forman al mismo tiempo en cada planta. Algunas incluso se abren solas, mientras otras aún no llegaron a la maduración. Dicen que hay que tener mucho cuidado porque es como tratar con agua: es muy fácil que se escurran y se pierdan. Una técnica de cosecha se llama corte hilerado: cortan las plantas con maquinaria y se dejan en hilera. Luego viene una cosechadora con un recolector, que las va levantando del suelo. Ahí se extrae el grano.
Otra técnica más económica es usar un herbicida llamado Paraquat con el que se mata el cultivo, pero para la colza que va a Europa no se permite aplicar porque se destina a aceite para consumo humano. Y controlan: hay muestreos constantes y, si aparece un residuo, pueden rechazar el barco entero.

Entre las flores.
Las plantas nos llegan hasta poco más de la cintura. Estamos rodeados de flores.

-¿Escuchás el zumbido? -pregunta Britos.
Sí, se escucha: son las abejas haciendo su trabajo. Y están por todos lados. Tienen un papel relevante en la polinización del cultivo y la conformación del grano.

-No te preocupes que no pican. Ellas están concentradas cumpliendo su tarea -me avisa-. La flor es tan llamativa que las abejas la buscan. No se precisa poner colmenas porque vienen solas a trabajar.

Como hoy, él se mete cada semana adentro de las plantaciones de canola porque este cultivo lleva un seguimiento constante y muy cuidado en busca de hongos, insectos y malezas. Hacen análisis de los suelos para ver toda la parte nutricional. La colza demanda mucho fósforo, nitrógeno y azufre. “Hay que darle todo el paquete tecnológico que requiere para después pedirle cosecha”, explica.

¿La canola es la vedette de este invierno? “Yo diría que sí, sin duda”, responde desde Colonia Carlos Foderé, presidente y fundador de la empresa Fadisol. “Nunca Uruguay tuvo un área tan importante. En el litoral los campos se ven sumamente verdes con manchones amarillos. El contraste recrea la vista”.

Si se busca una explicación de por qué explotó este cultivo en tan poco tiempo, no se encontrará una sola causa. Es complejo el fenómeno, como tantas cosas en la vida. Es obvio que influyó el fracaso de los otros cultivos de invierno, sobre todo el trigo, que es el cultivo mayoritario. Veamos algunas cifras. El área cosechada de trigo viene en franca caída en la última década con cierta estabilidad en los últimos cuatro o cinco años, según los datos oficiales. Hubo un pico en 2011/2012 con 593.000 hectáreas cosechadas y, por ejemplo, para este año se proyectaron 217.337 hectáreas.

En 2017 fueron solo 193.000 hectáreas.

“Costó agarrarle la mano; perdimos mucho dinero”
Carlos Foderé, presidente de la empresa Fadisol, trabaja en el tema de la canola desde hace más de 20 años y admite que le costó mucho “agarrarle la mano» al manejo agronómico, en cuanto a las fechas de siembra, densidad, variedades y sistemas de cosecha. Foderé viajaba por el mundo y veía que en Europa y en Canadá era un cultivo muy importante pero acá no existía. O, peor, directamente se fracasaba en el intento. “Perdimos dinero muchos años”, dice Foderé.

Federico Morixe, director de Fimix Agrofinanzas, sostiene que lo más difícil fue encontrar las variedades que se adaptaran a las condiciones uruguayas y probar fechas de siembra. «Gracias a los primeros productores hoy se ve esta realidad. Daba menos plata pero la gente igual lo hacía porque veía que era un cultivo bueno, aunque no se pagaba tan bien», explica Morixe.

Desde Paysandú, el ingeniero Luis Simean -gerente de la cooperativa agroindustrial Copagran- dice que las condiciones comerciales han ido complicándose en los últimos años “y hubo problemas de calidad” con el trigo.

El gerente de negocios de granos de la misma cooperativa, Fernando Secco, lo explica de un modo bien gráfico: “Esto es por plata. Los cultivos de invierno están jaqueados por sus resultados económicos y los productores han buscado otras alternativas. Lo que le faltaba hasta hace poco al mercado de la colza era liquidez, esto es, un mercado claro”.

En ese diagnóstico coincide el ingeniero Miguel Pastorini, responsable de la filial sanducera de Agrocentro: “Los cultivos de invierno han ido bajando su rentabilidad en forma astronómica: sembrar trigo o cebada no era sencillo para los productores. No había un negocio. Pero estaba la tierra y la maquinaria”. Y entonces afirma: “De la mano de la colza se empezó a ver un negocio. Le agarramos la mano. Hay un cultivo más tentador”. Pero advierte que tampoco nadie se va a hacer rico con la colza, al menos por ahora.

Está claro que los ingenieros aprendieron a poner a las crucíferas -así se llama también a la canola y la carinata- dentro del ciclo de los cultivos de invierno.

Es, en definitiva, una alternativa que prepara el terreno para la soja. Esto es porque, como se cosecha en noviembre, permite adelantar los cultivos de verano. La cosecha de trigo se realiza más tarde y eso tiene su impacto negativo.

“La colza diversifica”, asegura Britos, entusiasmado y rodeado de esas flores amarillas. “Hace un corte de enfermedades interesante, se puede volver con un trigo y cebada en mejores condiciones al suelo… Llegó para quedarse siempre y cuando los mercados estén”.
Pastorini la define como “una siembra mucho más en fecha de soja de segunda”. Es de segunda porque viene atrás de otro cultivo, no en cuanto a la calidad. La investigación sobre el tema ha ido creciendo y hay menos incertidumbre. Las condiciones comerciales “dan certeza” al productor, dice Simean.

La canola se masificó porque “el productor aprendió a usarlo y encontró la tecnología”, afirma el licenciado en gestión agropecuaria Federico Morixe, director de la consultora Fimix Agrofinanzas. “Y el precio es bueno, eso ayuda. El precio es el que tira el carro”, sostiene.

¿A dónde se vende?
El mercado interno y externo de la colza ha crecido en estos años y ahí también está parte del secreto. Básicamente se trata de la exportación del grano para aceite comestible, sobre todo a Europa, y una comercialización interna para ALUR, que lo transforma en biodiesel.
Britos, por ejemplo, tiene un 50 y 50: “algunos años está mejor el precio de uno y otros de otro”, explica.

El anuario 2019 de la Oficina de Planificación y Política Agropecuaria (Opypa) del MGAP dice que el crecimiento de la colza ya no es solo como respuesta a la demanda de ALUR y su estrategia productiva de elaboración de biodiesel, sino debido a la participación de nuevos actores por fuera de los contratos de la empresa estatal. Y estima en 8.000 las hectáreas de Brassica carinata para UPM.

Las principales empresas que compran para exportar son la multinacional Cargill, Barraca Erro y Kilafen. “Te ayudan con buena semilla, se mejoró la genética y se mejoró mucho el sistema comercial”, dice Morixe.

Pero no solo se trata de aceite. La empresa Agronegocios del Plata (ADP) ha utilizado el sólido que queda tras sacar ese aceite, “es un material que tiene gran valor para la nutrición animal y se utiliza como fuente de proteína para alimentar ganado”, afirma Marcos Guigou, director de ADP, una de las principales firmas del rubro, que tiene campos de colza en Soriano, Colonia, Paysandú y Flores. También probaron en el noreste del país pero no les fue muy bien.

El año pasado hubo un buen rendimiento de colza: en el entorno de 1,7 toneladas por hectárea, según el anuario de 2019 de Opypa. De ese modo, la producción se proyectó en 115.000 toneladas, duplicando las 76.000 toneladas del ciclo previo. Pero el informe también mencionaba que, después de los “resultados económicos sumamente positivos” concretados durante el ciclo anterior, que ascendieron a más de 250 dólares por hectárea sin considerar el pago de renta de la tierra, se esperaba una caída en los ingresos brutos para el agricultor que se explicarían principalmente por la proyección de rendimientos en el entorno del promedio nacional de los últimos años.

Rendimiento.
El ingeniero Guigou argumenta que una de las cosas más interesantes de la colza es el precio futuro. Lo mismo pasa con la soja y eso fue un argumento principal para su expansión. Esto es, “vos podés cerrar negocios y, cuando estás sembrando, podés fijar parte del precio. Vendés porque tenés precio futuro”. Eso no sucede en todos los productos. “Si vos producís carne, no sabés el precio al que vas a vender el novillo cuando esté gordo”, afirma.

Pero este año sucedió que, cuando se aproxima la cosecha, el precio subió respecto a la época de siembra. “Si vendiste cuando sembraste, te vas a quedar con un precio más bajo. Si esperaste y vendés ahora, tendrás un precio mejor”, dice Guigou. Como siempre, es un tema de asumir riesgos.

Y da una pista: “La tonelada de colza vale igual o más que la tonelada de soja”. Foderé asegura que incluso es superior al precio de la soja, según los valores del mercado de Francia.

Pero Morixe matiza: “Sí, vale más por tonelada pero da menos rendimiento”. A la canola “hay que buscarle campos buenos, ricos, bien trabajados” y rinde entre 1.700 y 2.000 kilos máximo por hectárea. La soja, que se cosecha en verano, rinde de 2.000 a 5.000 kilos por hectárea.

En su campo en San José, Britos hace algunos números mentales, ahí entre las flores y las abejas.
Estima un rendimiento de unos 2.000 kilos por hectárea y dice que este año viene muy bien. “Se han dado todas las condiciones. Desde una siembra en condiciones óptimas, con poca lluvia, y un invierno con muchas heladas, que es lo que queremos del invierno». Y, como si todo eso fuera poco, arrancó una primavera de temperaturas templadas.

Entonces puntualiza que lo único seguro son los costos y que no se trata de un cultivo donde estén todas las fichas puestas en la rentabilidad, aunque lo central es que acompaña a todo el sistema agrícola, a “la rentabilidad total”.

Britos cuenta que, en bruto, está en torno a 350 dólares la tonelada de colza. Si lo multiplicamos por dos (que es lo que da cada hectárea), son 700 dólares promedio. Los costos son algo menores al trigo, entre 550 y 600 dólares, por lo que en promedio se sacan 100 a 150 dólares por hectárea.

“Hay años que puede ser el doble y otros podés perder 200 dólares por hectárea”, avisa.
Si todo sale bien, en sus campos tiene unas 1.400 toneladas de estos granos diminutos, lo que le dejaría unos 70.000 dólares, sacando los costos asumidos. “Pero no es un número matemático, es una proyección”, avisa.
Morixe hace un cálculo para todo el país, para esas 111.000 hectáreas. “Si fuera el dueño de todo Uruguay, invierto unos 46 millones de dólares para vender unos 65 millones”, dice.

¿La perspectiva es que seguirá mejorando el negocio? “¡Que pregunta la tuya!”, responde Secco, de Copagran y hace un silencio de varios segundos. Después afirma: “Puede seguir creciendo… No sé si a las tasas que lo ha venido haciendo hasta el momento”.
En cambio, Foderé asegura que este es un año bisagra para estos nuevos cultivos que pintaron de amarillo el país. “Si rinden como lo lindos que están ahora, seguramente el año que vienen crecerán aún más y dinamizarán mucho la agricultura uruguaya”, dice. “Sí, es un aporte muy bueno”, confía, con cierto optimismo.

El aceite tóxico que causó 3.800 muertes en España

Muchos pediatras suelen recomendar el uso de aceite de canola para los bebés, dado que es rico en omega-3 y bajo en ácidos grasos saturados. Además, su sabor es muy suave. Sin embargo, la planta de canola originalmente tiene ácido erúcico, que es tóxico, pero el mejoramiento genético llevó a seleccionar plantas sin ese ácido y a partir de ahí el cultivo se desarrolló, dice el ingeniero agrónomo Marcos Guigou, director de Agronegocios del Plata (ADP).

En España a inicios de la década de 1980 se dio una historia trágica vinculada a una partida de aceite de canola adulterado, que marcó para siempre a ese país. El hecho es conocido como el síndrome del aceite tóxico o enfermedad de la colza y se trató de una intoxicación masiva entre mayo y junio de 1981. El resultado fueron 20.643 afectados y más de 3.800 fallecidos, según un artículo de La Vanguardia de España.

El 1° mayo de ese año ocurrió el primer caso y el 10 de junio se descubrió el motivo. El fraude provenía de la mezcla realizada por algunas empresas a la hora de procesar el aceite. Combinaban varios componentes, obteniendo como resultado un producto adulterado para uso industrial. Se vendía clandestinamente y sin ningún tipo de control, según una reseña del diario El País de España.

El trágico hecho es aún hoy recordado en ese país, donde el aceite de canola sigue estigmatizado. Eso a pesar de que la colza es la oleaginosa más cultivada en la Unión Europea con 19 millones de toneladas. Aquella intoxicación también tuvo su incidencia en Uruguay y es una de las razones por las que el consumo local demoró en desarrollarse, según Federico Morixe, director de Fimix Agrofinanzas.

Fuente: El País